“¿Que es todo lo que los seres humanos han hecho y pensado a lo largo de miles de años, en comparación con un momento de amor?” Se pregunta Friedrich Hölderlin en una carta escrita a Susette Gontard (Diotima)

Muchas personas viven aceleradas e instaladas en la manía de las prisas. La prisa llega a convertirse en un estilo de vida. Algo así como pedalear en una rueda de hámster. Sin parar, de modo frenético, y todo eso bajo la falsa obligación fabricada e incrementada por nuestras representaciones mentales. Es nuestra mente que con frecuencia nos lleva a pensar que he de contestar a todos los mensajes de forma inmediata como si no hubiera un mañana. Da la sensación de que la prisa da prestigio porque indica que estás ocupado, muy ocupado, y eso se interpreta como que es un gran profesional. Son personas que viven bajo el imperativo del rendimiento (Leistungsgesellschaft), del trabajo productivo, lo cual los lleva a considerar el cuerpo como un objeto funcional que ha de ser optimizado. Pero este activismo, esta aceleración exagerada que con frecuencia convive con un estilo de vida estresante no es más que un síntoma de la dispersión.

 

Raíz de la crisis actual

La crisis actual bajo la que padece mucha gente tiene una raíz profunda en el mal uso del tiempo. Con frecuencia nos falta el ritmo ordenador del tiempo y con tal motivo vamos zumbados por la vida sin saber prestar atención a lo que verdaderamente importa. Y que a su vez nos permitiría y facilitaría crecer y madurar. Este desajuste y desfase en el manejo del tiempo fácilmente nos conduce a una deformación de nuestros sentimientos. Nos hemos vuelto desacoplados y desajustados y, por lo tanto: anacrónicos.

La crisis actual en el manejo del tiempo está íntimamente relacionada con la priorización de la vida activa. La irrupción repentina del silencio como consecuencia de una enfermedad o de un cambio de vida nos hace impotentes, dependientes y vacíos. Sentimos la nada, el tedio, el despecho o la desesperación. Hemos perdido la capacidad de gobernar el ritmo de la vida cotidiana.

Se trabaja en exceso, buscando exclusivamente el rendimiento productivo y de este modo, el ser humano fácilmente es degradado a animal laborans.

Se come deprisa. Nos relacionamos poco en el mundo real y mucho en el mundo virtual. Se conduce y se permanece en medio del tráfico durante horas y horas, demasiadas horas. Y se duerme poco. Y aun así nos sentimos apremiados por el tiempo.

El ritmo hiperactivo del día a día nos obstaculiza incorporar en nuestra vida el elemento contemplativo. Hemos perdido la capacidad de quedar y persistir en el momento, degustarlo y saborearlo. De este modo no sabemos disfrutar del momento por querer anticipar el futuro. Dejamos pasar la vida porque nos hemos puesto unas anteojeras que nos impiden observar el presente sin saber escuchar lo que nos dicen los amigos porque nuestra cabeza está hiperrevolucionada. En definitiva, no hemos aprendido a disfrutar y saborear de la vida, incluso de aquellos momentos en los que el trabajo nos exige entregar un informe de forma urgente.

Platón nos repetía hace miles de años que no se trata tan solo de vivir sino de saber vivir bien. Ciertamente una gran diferencia entre estos dos modos de vivir.

Para ello se hace cada vez más necesario una revitalización de la vida contemplativa. Como bien dice Byung-Chul Han, estaremos en condiciones de gobernar el tiempo, de hacer buen uso de él en el momento en el que hayamos aprendido a incorporar la vida contemplativa en la vida activa.

 

Creciente sensación de falta de tiempo

¿Trabajar tres horas al día? ¿Es posible imaginarse una jornada laboral de tres horas al día? Pues esa fue la predicción que realizó el famoso economista de comienzos del siglo pasado John Maynard Keynes. Sus teorías le llevaron a afirmar hace ya casi 100 años, que gracias al aumento de la productividad que comportaría el progreso técnico, la gente en los países desarrollados solo tendríamos que trabajar tres horas al día para cubrir todas nuestras necesidades. De este modo sería muy fácil llevar una vida contemplativa y feliz. Sin embargo, este vaticinio está todavía muy lejos de ser un objetivo alcanzable. Al contrario, en una sociedad sobreinformada e hiperconectada hay una creciente sensación de falta de tiempo en la vida cotidiana. 

La socióloga norteamericana Judy Wajcman ha hecho un análisis interesante de cómo la tecnología participa de forma esencial en la configuración del concepto y de la práctica del tiempo en la sociedad. Sugiere que la clave para entender la compleja y a veces intrincada relación que existe entre tecnología y tiempo, vendría dado por el concepto de soberanía temporal, es decir, la capacidad de decidir cómo hacemos uso de nuestro tiempo en la sociedad acelerada en la que vivimos. Ciertamente el impacto de los dispositivos digitales ha acelerado nuestra sociedad, pero también es cierto que el ritmo de la vida ajetreada no depende de los artilugios en sí, sino de las prioridades que nosotros establecemos.