Poner la cabeza en lo que requiere nuestra atención, evitar huir de lo que suponga esfuerzo, no dejar para después lo que podamos hacer ahora. Todos estos son hábitos sobre los que se podrá construir una personalidad serena. Hemos visto en otros artículos cómo con el autogobierno podemos tomar las riendas de nuestra vida, lo cual significa no solo cambiar de perspectiva por un bien mayor a largo plazo, sino también sobreponerse a la pereza. La pereza es una carcoma silenciosa pero eficaz, que puede frenarnos o paralizarnos si no la detectamos y combatimos a tiempo.

Obviamente conviene estar también atentos al otro extremo, el multitasking, o lo que denominamos «multitarea», propio de quien pretende hacer aceleradamente varias cosas a la vez, pero con el peligro de la superficialidad.

Como decía Séneca, «quien está en todas partes, no está en ningún sitio».

Por el contrario, la persona serena sabe ponderar, guardar el orden en su actividad y tomar la iniciativa priorizando sus rectas intenciones, sin naufragar ante las múltiples distracciones que surgen en cada momento y que pretenden acaparar nuestra atención.

En internet, si no conseguimos establecer prioridades que nos ayuden a ir al grano en nuestras tareas, fácilmente podemos distraernos, perder el tiempo y alejarnos de nuestros objetivos. Si este riesgo nos acecha a los adultos, durante la adolescencia es especialmente pernicioso, porque a esa edad los alumnos están aprendiendo a estudiar y a aprovechar el tiempo. ¿Cuántas veces un menor, haciendo los deberes, entra en internet a buscar una información, y pasa media hora sin haberla encontrado, e incluso sin haber comenzado a buscarla?

No es el medio el que nos daña, sino su mal uso. La buena gestión del uso y de la selección de contenidos de internet es la clave.

Desde hace años existe un debate sobre el efecto de internet en las personas y en las sociedades. Siendo una herramienta de trabajo tantas veces irremplazable en muchos ámbitos laborales, hemos de considerar también los peligros sobre su uso.

Uno de estos críticos es Nicholas Carr, quien desde hace décadas escribe sobre nuevas tecnologías para los principales medios internacionales. En su célebre artículo «¿Google nos vuelve estúpidos?», publicado en The Atlantic en 2008, Carr condensó uno de esos debates en la pregunta: «Mientras disfrutamos de las bondades de la Red, ¿estamos sacrificando nuestra capacidad para leer y pensar con profundidad?». Según Carr, internet está cambiando nuestro modo de pensar, dificultando nuestra capacidad de atención con sus continuas distracciones e interrupciones, erosionando nuestro pensamiento profundo y obstaculizando nuestra capacidad de concentración. Hasta tal punto que, debido a la inmediatez de la Red, leer un libro y asimilar textos largos es cada vez más costoso.

Internet fomenta la búsqueda, pero perjudica nuestra capacidad para mantener la atención.

Nos hace menos contemplativos y reflexivos y por ello erosiona nuestra capacidad de pensar de forma autónoma y profunda. Las nuevas tecnologías tienen un precio, el debilitamiento del pensamiento más profundo, conceptual, crítico y creativo, que necesita reflexión y aislamiento, y no la distracción permanente que supone conectarse. La capacidad para centrarse en una sola cosa es clave en la memoria a largo plazo, en el pensamiento crítico y conceptual, y en muchas formas de creatividad.