La axiología o ética de los valores ha sido una de las incorporaciones más importantes del pasado siglo a la ciencia ética. Dado que la persona humana no sólo es un ser que piensa y conoce, sino que vive y actúa, está comprometida en saber si lo que hace es bueno o malo, honesto o deshonesto.

Es así como la axiología se introduce en la ética.

No nos basta por lo tanto saber que alguien ha cogido la cartera del vecino, sino si tal acción es buena o mala. Asimismo, nos interesa conocer el interior de dicha persona cuando comete tal acción, que no sólo tiene la entidad de estirar el brazo y coger una cosa que no le pertenece, sino que comete un robo, pues se apropia de lo que no es suyo. Por ello, además de hacer el mal, esa persona se hace mala a sí misma.

Ahora bien, los valores son realidades no fáciles de definir.

En el origen de la ciencia axiológica –en concreto para los grandes filósofos como Max Scheler y Nicolai Hartmann– son realidades adscritas a las cosas mismas. Al modo como la realidad se define por el ser –es decir, por el hecho de tener “consistencia”, con lo que resulta que es algo–, también se puede entender por lo que vale.

Igualmente Ortega y Gasset concedía a los valores una determinada entidad. Así se expresaba: “no son, pues, los valores un don que nuestra subjetividad hace a las cosas, sino una extraña, sutil casta de objetividad que nuestra conciencia encuentra fuera de si, como encuentra los árboles y los hombres”. Y añade:

Los valores no se ven con los ojos como los colores, ni siquiera se entienden, como los números y conceptos.

“La belleza de una estatua, la justicia de un acto, la gracia de un perfil femenino no son cosas que quepa entender o no entender. Sólo cabe sentirlas, y mejor estimarlas o desestimarlas. El estimar es una función psíquica real –como el ver, como el entender– en la que los valores se nos hacen patentes”.

Podemos definir por tanto los valores como propiedades o cualidades atribuidas a ciertos bienes que les sirven de soportes. Los bienes son, pues, entidades valiosas, que pueden ser personas humanas en las que toma cuerpo el valor en un grado sobresaliente.

Max Scheler señala la importancia de la “percepción afectiva” o “intuición emocional” de los valores y subraya el papel de la experiencia para reconocerlos.

Necesitamos los sentimientos para captar emotivamente lo bello, lo sobrecogedor y sublime.

La pretensión de ser estrictamente realistas, de ahogar los sentimientos, como si fueran evasiones subjetivas de carácter hedonista, supone un ataque frontal al mundo de los valores. Sin embargo, el criterio de valor basado en el sentimiento tiene una lógica peculiar. Al no poder atenerse a pautas externas, la percepción afectiva de los valores puede conllevar una cierta ambigüedad y, con ella, entrañar algún riesgo de equivocarse.

Un hombre puede experimentar el sentimiento de que algo es sumamente valioso y obtener un conocimiento nítido de tal valor. Pero al querer transmitirlo a los demás, puede también quedar perplejo al observar que no hay correspondencia. Por ejemplo, no a todos y no siempre, hablan un cuadro, una estatua, un poema, una música. ¡A cuántos sucede que al entrar en la capilla Sixtina se sienten oprimidos por un aburrimiento mortal, pues nadie ha hecho surgir en ellos aquellas posibles aptitudes que les permitieran apreciarla!

“Ver es algo que debe ser aprendido”, dice Heinrich Wölfflin.

Estar en condiciones de poder captar los valores –y, sobre todo, su jerarquía– nos permite distinguir lo más de lo menos importante, y es una condición para el éxito de la vida individual y para la comunicación con los demás. Pero no se trata tan sólo de llegar a un conocimiento de los valores, en particular de los valores moralmente relevantes, sino también de sentir el valor”. A veces oímos una melodía y captamos claramente su belleza, pero no nos llega al corazón, no nos conmueve. Pensemos en ciertos valores morales, como la humildad o la honestidad. Al meditar sobre estas virtudes encarnadas en los santos, admiramos su inmensa profundidad y la infinita capacidad de mejorar en ellos. Notamos, pues, la diferencia entre “conocer el valor” y “sentirlo” e, incluso, “estar familiarizado” con ese valor, como consecuencia de vivir de acuerdo con él.

Un buen líder ha de ser capaz de familiarizarse con los valores que son importantes para él; pero también ha de saber hacer descubrir valores sin dejarse cegar por apariencias superficiales.

Es un hecho conocido que la capacidad de discernir entre lo justo y lo injusto puede adulterarse cuando interviene nuestro interés personal. A menudo advertimos cómo alguien, cuando anda de por medio su propio interés, no sólo es menos minucioso con la honradez de su conducta, sino que llega a perder el fino sentimiento que tenía de ella cuando no se hallaba en juego su beneficio personal, que le ha llevado a volverse ciego para ciertos valores en esa determinada situación. Su mirada hacia los valores se ha enturbiado y se ha vuelto insensible porque le falta haberse familiarizado con ellos.

El liderazgo ético no se apoya en un recetario sobre cómo actuar en cada ocasión o en técnicas que se aplican a la toma de decisiones, a la dirección de personas, etc.

El verdadero liderazgo es consecuencia lógica de desarrollar unos hábitos buenos.

No consiste en tener más (inteligencia, poder, habilidades, etc.) sino en ser mejor, en crecer interiormente. No se trata sólo de gozar de un buen puesto, de atesorar más contactos o de cuidar la imagen. Lo importante es ser mejor persona, adquirir hábitos coherentes con nuestros valores y con un sistema ético verdaderamente humano. La calidad personal no depende de lo que se posea, sino del ser persona.

El “ser” esconde en su interior una capacidad de felicidad más gratificante que el “poseer”. 

A todos nos resulta más fácil decir a todo que sí; pero contribuir eficazmente a que todas las personas sujetas a nuestra influencia den lo mejor de si mismas, como personas que disponen de unas cualidades y circunstancias determinadas, conlleva una exigencia que no pacta con la mediocridad. Para ello es preciso ir por delante, pues primero se lidera con lo que se es, luego con lo que se hace y, sólo en tercer lugar, con lo que se dice o se manda hacer. No se trata de ser una persona extraordinaria para poder liderar a otros, pero sí de ofrecer lo mejor que cada uno llevamos dentro.