Como consecuencia del «Conócete a ti mismo» podremos detectar no solo nuestras debilidades, sino, sobre todo, aquello que origina o contribuye a nuestros estados de ansiedad, molestia, frustración o insatisfacción. La serenidad proviene de nuestro interior y una tarea importante consiste en descubrir aquellos efectos nocivos que puedan afectarla o destruirla.

¡Tenemos tantos problemas! Y a veces parece como si nadie se diera cuenta de las múltiples tareas que hemos de resolver al mismo tiempo: trabajar, estudiar, encargarnos del hogar, ajustar nuestro presupuesto y seguir cumpliendo con nuestras responsabilidades. Parece imposible que, en medio de tantas preocupaciones y contratiempos, podamos conservar la serenidad para resolver todo sin caer en la desesperación ni afectar a los demás con nuestra impaciencia. Pero los problemas no se resuelven por sí solos. Al contrario, en caso de no buscar soluciones, los problemas, por lo general, se agrandan. La falta de serenidad es un indicio claro de que no hemos sabido gestionar los problemas, que se convierten en conflictos y que son la causa de diferentes frustraciones.

Las representaciones mentales

Un conflicto es un desacuerdo persistente entre personas o entre colectivos humanos. Los motivos que los desencadenan son bien variados: una interpretación deformada en la comunicación, intereses opuestos, incompatibilidades, envidias, pero en el fondo reflejan la necesidad oculta de ceder el paso a lo que los neurobiólogos denominan «representaciones mentales» o «imágenes mentales», y que fácilmente pueden convertirse en «representaciones limitadoras».

Las «representaciones mentales» son actitudes que se han ido formando como consecuencia de las más diversas experiencias que hemos tenido a lo largo de nuestra vida y que nos han llegado «muy adentro». Es entonces, bajo el influjo de estas experiencias, cuando en el cerebro se segregan las sustancias mensajeras neuroplásticas que actúan como fertilizantes para el cerebro. Estas actitudes y disposiciones se acomodan en el cerebro formando una serie de redes neuronales que se unen a las emociones y decidirán cómo voy a usar mi cerebro.

Aquello por lo que una persona se decide a poner toda la carne en el asador durante su proceso de toma de decisiones, no viene dado necesariamente por motivos o criterios objetivos. Son más bien estimaciones subjetivas las que van a determinar si la actuación interesa o no a quien la va a ejecutar. Dependiendo de nuestra valoración personal, de los diferentes hechos y acontecimientos, así nos conduciremos. La valoración que hacemos de algo depende, en primer término, de la «representación mental» o «convicción» que cada uno se haya forjado a lo largo de su vida, lo cual nos hace ver las cosas con ojos diferentes.

¿Qué hacer con las creencias limitadoras?

Podemos preguntarnos ahora, ¿qué ocurre si esas «imágenes interiores» o «representaciones mentales» que se han ido formando en nuestro cerebro mediante patrones neuronales se transforman en «creencias limitadoras»? Ciertamente, ninguno de nosotros ha nacido provisto de conductas patológicas que lo convierten en un «cenizo», en un cascarrabias, en un aguafiestas o en un «obseso cumplidor de reglamentos», pero, si repetimos una serie de actos que llevan a esas actitudes podemos, a lo largo de la vida, transformarnos en uno de ellos. En consecuencia, esa excusa fácil que utilizamos cuando nos mostramos desabridos o pesimistas ―«es que soy así»―, deberíamos sustituirla por la frase «me he hecho así», al instalarme en la queja y en la amargura.

Las «creencias limitadoras» que se forman poco a poco en mi mente pueden ser un lastre y convertirse en «cadenas pesadas», difíciles de romper, salvo que yo mismo esté dispuesto a intervenir con decisión sobre mi corazón, «despidiéndome» de algo dañino a lo que estoy aferrado, pero que resulta necesario para mi propia sanación. El premio Nobel de Literatura Hermann Hesse lo describe con gran acierto en su poema «Escalones» (Stufen):

«Ánimo corazón, despídete para sanar».

Ni que decir tiene que esas «creencias limitantes» que se han transformado en «cadenas pesadas» fácilmente nos roban la serenidad y la paz interior. Esto se debe a que esas ideas que han acaparado nuestra atención se han unido a diferentes estados emocionales que ahora son difíciles de erradicar sin la ayuda de una verdadera conversión o cambio paradigmático. ¡Cuántas veces son estas ideas firmemente ancladas en nuestra mente, la causa de tantas desavenencias e incomprensiones! Dado que son el resultado de interpretaciones falsas de la realidad, esta visión errónea de los hechos es la que origina tantos conflictos y enemistades que acaban por despojarnos de la serenidad y de la paz interior.

De hecho, muchas frustraciones empiezan desde la pura nada, pero bajo el influjo de patrones neuronales desquiciados: un silencio, una omisión, una presuposición, un olvido, una creencia, una petición no expresada, un derecho imaginario… En realidad, nada ha ocurrido salvo un desacuerdo que fácilmente conduce a una frustración. Y, por lo tanto, a un problema que hay que solucionar.

Para ser una persona que tiene paz y da paz se requiere con frecuencia un nuevo modo de pensar, un cambio que es costoso, porque nos obliga, como hemos visto, a «rasgar nuestro corazón», es decir, a establecer nuevas prioridades. De ahí la importancia de acudir a una persona de confianza, o a un buen médico con empatía, que reconozca esas deformaciones y nos ayude a encauzarlas convenientemente para sanar.