Curiosidad pasional

Artículo publicado en la revista mexicana «Vanguardia Educativa» en el número de febrero de 2019.

El legendario premio Nobel de Física, Albert Einstein, universalmente conocido por su Teoría de la Relatividad, decía que, a pesar de haber estudiado en una escuela con aires intimidatorios y de no haber aprobado el examen de acceso a la Politécnica de Zürich, nunca perdió su “curiosidad pasional” por las cosas de este mundo.

Los estudios neurobiológicos nos dicen que lo importante para la buena salud cerebral no es tanto el conocimiento que hayamos acumulado a lo largo de nuestra vida, sino el afán diario por aprender y asimilar nuevas cosas. Y esta es una gran noticia que conviene recordar: el ser humano tiene la capacidad maravillosa de “aprender durante toda su vida”. También en la vejez. El axioma central de la Neurobiología nos anima a hacer buen uso de nuestro cerebro: “Use it or lose it”. Pero este axioma también nos dice que, en caso de no usar nuestro cerebro, las neuronas y de modo especial las conexiones entre sus prolongaciones se atrofiarán.

Todos los niños vienen a este mundo con el deseo de hacer tareas, de desarrollar su potencial creativo de acuerdo con sus gustos y aficiones. Pensemos, por ejemplo, en un niño aprendiendo a andar, y comprobaremos, una y otra vez, que su tolerancia a la frustración no conoce límites: se apoya en una silla o una mesa para levantarse, pero cae, y así un día tras otro hasta que logra mantenerse erguido, y lo hace con tanta perfección que ningún robot podría igualarlo.

El cerebro del bebé aprende a andar de “caída en caída” y este aprendizaje lo va almacenando en huellas cerebrales que van configurando diferentes patronos o moldes en el cerebro. Los niños, durante este proceso, no se frustran ni piensan que esa tarea es pesada o les supera y, al final, se ponen en pie y caminan.

Sabemos que el potencial de la masa cerebral al nacer un niño sobrepasa, por lo general, en una tercera parte a aquel del que dispone después de transcurrir los primeros años de vida. Se trata, por tanto, de aprovechar esta sobreabundancia de manera adecuada, potenciando que el niño haga lo que le entusiasma. Y eso es precisamente lo que va a contribuir a que se produzcan sustancias mensajeras neuroplásticas, que actúan de abono para la producción de proteínas en el cerebro, tan necesarias para la creación y estabilización de enlaces entre las prolongaciones neuronales.

Por tanto, el que un niño desarrolle convenientemente su cerebro no es, en primer término, un problema técnico cerebral, sino cuestión de saber entusiasmarle. El hecho de que un niño, al incorporarse a la escuela, pierda las ganas de estudiar, no ha de verse como un dictamen de la naturaleza. El gran reto para los profesores sigue siendo conseguir que sus alumnos se entusiasmen con la asignatura, es decir, que lo que hacen les ilusione de verdad y les llegue muy adentro. La naturaleza humana es muy generosa  

poniéndonos muchos talentos a nuestra disposición y así entendemos que el niño nace con una creatividad sobreabundante.

Pero ¿qué ocurre si un niño pierde las ganas de aprender? ¿Qué ocurre si una niña va perdiendo su creatividad inicial porque su padre o la profesora la va obligando, por ejemplo, a pintar una flor únicamente con unos colores determinados, y, solo de una forma determinada y en un tiempo preciso sobre una hoja de papel? De este modo no estaríamos respetando el desarrollo normal de los talentos de esa niña. Acordémonos de una anécdota ilustrativa que cuenta Ken Robinson en TED. “Una profesora en clase de dibujo le pregunta a una niña de 6 años: ¿qué estás pintando? La niña contesta: estoy pintando a Dios. A lo cual la profesora le responde: pero nadie sabe que aspecto tiene Dios. La niña responde con convencimiento y decisión: pues espere un momento”.

El buen profesor ha de saber invitar, animar, inspirar y entusiasmar al niño o a la niña para que puedan vivir plenamente y alcanzar una felicidad auténtica, desarrollando para ello sus talentos. La persona que mejor sabe lo que necesita el niño es la que tiene una relación de verdadero amor con él. Esa buena madre, ese buen padre, ese buen cuidador, ese buen profesor sabrán inspirar al pequeño para que haga buen uso de su cerebro y sea capaz de desplegar convenientemente las grandes posibilidades de que dispone. En cada uno de nosotros existe un potencial mucho mayor del que pensamos. En nuestras manos está hacerlo crecer, pero, para ello, es necesario fomentar esa “curiosidad pasional” que llevó a Albert Einstein a realizar grandes sueños.

“Tener curiosidad” y “reflexionar” tienen mucho en común, ya que ambas actividades se dirigen hacia un contenido; lejos de permanecer estáticas, nos mueven hacia algo que todavía no conocemos. La curiosidad es por lo tanto un gran generador para aprender. A mayor curiosidad, mayor aprendizaje y mayor capacidad de memorizar lo aprendido.

La persona que mejor sabe lo que necesita el niño es la que tiene una relación de verdadero amor con él. Esa buena madre, ese buen padre, ese buen cuidador, ese buen profesor sabrán inspirar al pequeño para que haga buen uso de su cerebro y sea capaz de desplegar convenientemente las grandes posibilidades de que dispone.

¿Somos una versión raquítica de lo que podríamos ser?

El célebre violonchelista Pablo Casals afirmaba que cada segundo que vivimos es como un instante que nunca volverá a repetirse. Y se preguntaba: “¿Qué enseñamos a nuestros hijos? Les decimos que dos y dos son cuatro y que Paris es la capital de Francia. ¿Cuándo vamos a enseñarles que son un milagro irrepetible? De ti podría surgir un Shakespeare, un Miguel Ángel o un Beethoven. Tienes la capacidad para ello, pero también para lastimar a otros niños que son un milagro como tú. Hemos de esforzarnos para que el mundo trate a los niños dignamente”.

Todos tenemos una capacidad de desarrollo enorme. Pero fácilmente podemos caer en la trampa de conformarnos con ser una versión raquítica de aquello que podríamos ser. Los niños, al nacer, disponen de una alegría inherente, la de poder descubrir constantemente cosas nuevas: la curiosidad, como habíamos apuntado, juega aquí un papel importante. Albert Einstein, cuando era un escolar, suspendía varias asignaturas, pero, no está de más repetirlo, tenía una “curiosidad pasional” por el mundo. Los niños poseen, además, la capacidad de disfrutar con actividades que les permiten ser artífices de cosas que ellos mismos van configurando y moldeando. A la edad de cuatro o cinco años son capaces de entusiasmarse más de treinta veces al día.

La palabra entusiasmo procede del griego enthousiasmós y significa estar impregnado de Dios. Estar tan lleno de alegría que la fuerza creativa tiende a desbordarse. Algo así como la corteza de un árbol que se resquebraja para que sus ramas se llenen de flores al recibir la sabia del entusiasmo.

Imagínense que lográsemos observar el desarrollo del cerebro de un niño. Nos llenamos de entusiasmo al contemplar cómo va creciendo día a día este verdadero microcosmos humano y no salimos de nuestro asombro al vislumbrar cómo se van formando millones de neuronas y de “infinitas” conexiones sinápticas entre ellas. Pero poco después también seríamos testigos de la muerte de una buena parte de estas y sus correspondientes enlaces por no haber conseguido integrarse en una red neuronal en la que hubiesen adquirido una función específica. Los niños se ilusionan con todo aquello que van descubriendo.

Por otra parte, también podríamos afirmar que, si activamos los centros emocionales de los niños castigándolos o premiándolos, es decir, utilizando las normas usuales del adiestramiento, fácilmente se supeditarían a las medidas del premio o castigo. Pero a estos niños los estaríamos incapacitando para llevar a cabo grandes tareas por suprimirles su motor interno, el que actúa desde dentro, el que nos hace querer las cosas de verdad y no solo desde fuera, únicamente porque tras la acción me espera un premio o un castigo.

Para que se establezca una buena estabilización de los enlaces sinápticos, sobre todo en el lóbulo frontal del cerebro (corteza prefrontal), el niño tiene que ir aprendiendo a través de experiencias propias cuando se trata de resolver problemas o dominar desafíos. Es aquí precisamente donde los profesores han de poner en práctica todo su genio para saber invitar, animar, inspirar y entusiasmar a los niños.

Si un niño ha construido una fortificación de madera es lógico que quiera ser reconocido por semejante habilidad. Pero si nadie se interesa por esa construcción, y eso no solo una vez sino varias, la experiencia de construir castillos que inicialmente estaba unida a la de hacer tareas con entusiasmo, pronto se tornará en frustración. ¡Cuánta sabiduría pedagógica se alberga en aquellos padres que se abajan durante los juegos de la hija o del hijo para disfrutar con ellos, situándose a su misma altura y dejando que tomen siempre la iniciativa, acompañándolos para que vayan desarrollando de ese modo sus talentos escondidos!

El cerebro está optimizado para resolver problemas. Con tal motivo los niños buscan siempre nuevos desafíos que contribuirán a su buen desarrollo.

Es de gran ayuda para ellos que se involucren en asuntos importantes que les hagan actuar con responsabilidad. De este modo los niños se darán cuenta del enriquecimiento que les supone vivir con autogobierno y competencia social. Hoy en día, cuando un alumno que ha sacado muy buenas notas durante el bachillerato alemán pretende obtener la mejor beca dotada ya no se tienen en cuanta tan solo sus calificaciones, sino actividades sobre todo con otras generaciones, tales como haber trabajado en una residencia de la tercera edad o en un Kindergarten con los niños.

La emergencia educativa requiere amar de verdad y no solo conformarse con un mero cumplimiento de normas. Saber ayudar a los niños en un verdadero “diálogo educativo” con paciencia y amor, significa hacer de ellos personajes con creatividad, responsabilidad, empatía y competencia social. Y de esos niños surgirán los grandes talentos dispuestos a sacrificarse por el bien común: trabajadores honrados en lo propio y en lo ajeno, profesores entusiastas, políticos coherentes, abogados justos, médicos abnegados, cocineros que hacen del plato una obra de arte.

Autogobierno.

El gran filósofo de la Grecia clásica Platón, afirma en su libro Critón: “No se trata tan solo de vivir, sino de vivir bien”, de llevar una vida buena. Vivir bien parece ser algo muy fácil pero cuantas veces en la vida, lo más fácil es lo más difícil porque fácilmente nos dejamos llevar por un estilo de vida que perjudica considerablemente nuestra salud y la salud de nuestros hijos.

¿Sabes que tu estilo de vida puede hacerte enfermar no solamente a ti sino también a tu pareja y a tus hijos? Numerosos estudios científicos revelan que un ambiente familiar estresante produce un impacto negativo sobre el desarrollo del niño. En un hogar en el que los ataques de ira son frecuentes y abundan los gestos de intimidación, el sistema inmunológico se ve afectado y las defensas naturales contra todo tipo de enfermedades disminuyen.

Vale la pena vivir en armonía consigo mismo porque conducir un estilo de vida que nos permita autogobernarnos es, determinante para la salud. Con el autogobierno alcanzaremos muchas cosas en la vida; sin él, casi nada.

Pero ¿en qué consiste el autogobierno? Recordemos que en el cerebro podemos distinguir dos sistemas fundamentales que han de intervenir complementándose armónicamente. Por un lado, el sistema basal, que actúa de abajo arriba (bottom-up), conocido vulgarmente como “cerebro reptiliano” y que nos hace desear instintivamente una chuche, un dulce, un videojuego, un estímulo mediático o cualquier otra cosa que queremos de modo imperativo en este preciso momento, y todo ello sin reflexionar sobre esos deseos espontáneos y perceptivos.

Por otro lado, está el sistema que actúa de arriba abajo (top-down), localizado en las redes neuronales del cerebro prefrontal o corteza prefrontal y que son las que van a integrar armónicamente los impulsos del sistema reptiliano. No se trata de reprimirlos o de controlarlos de modo ciego, sino de integrarlos en la totalidad de la persona.

La alegría de vivir y de saber disfrutar de las buenas cosas de la vida es esencial para nuestra salud. Por eso se entiende fácilmente que aquellas personas que saben autogobernarse, es decir, que saben vivir en armonía consigo mismas, lleven una vida más lograda, una vida eudaimónica y no hedónica, como diría Aristóteles.

Por lo tanto, si llevamos un estilo de vida en el que predomina el mandato del “cerebro reptiliano”, esto favorecería la aparición prematura de enfermedades de todo tipo, también la irrupción de enfermedades tan graves como pueden ser el cáncer, enfermedades cardiovasculares o cerebrales.

A finales de los años sesenta del siglo pasado se fue desarrollando lo que después sería el famoso test de la golosina en el que un niño recibe una golosina y una instrucción clara: se puede comer la golosina de inmediato, o esperar cinco minutos y comerse dos golosinas. ¿Qué hará? ¿Y qué indica su decisión acerca de su futuro? Este sencillo experimento, ideado por el legendario psicólogo Walter Mischel, que ocupó durante muchos años la cátedra Robert Johnston Niven en la Facultad de Psicología de la Universidad de Columbia, supuso una auténtica revolución y lo convirtió en el primer experto mundial sobre autogobierno.

Mischel ha demostrado que la capacidad de aplazar la recompensa es fundamental para una vida exitosa, y produce mejores resultados académicos, mejores funciones cognitivas y sociales, un estilo de vida más saludable y una mayor autoestima.

Serenidad en la adversidad

 Hemos visto como con el autogobierno podemos tomar las riendas de nuestra vida, lo cual significa no solo saber cambiar de perspectiva por un bien mayor a largo plazo sino también sobreponerse a la pereza, una carcoma silenciosa pero eficaz, que puede frenarnos o paralizarnos si no la detectamos y combatimos a tiempo.

Poner la cabeza en lo que requiere nuestra atención, evitar huir de lo que suponga esfuerzo, no dejar para después lo que podamos hacer ahora, todos estos son hábitos sobre los que se podrá construir una personalidad serena. La adversidad reclama serenidad, ese manantial puro y cristalino donde se distinguen con claridad las causas que ocasionaron ese hecho adverso.

La persona serena sabe desdramatizar y ver los inconvenientes de forma realista y positiva, sin desalentarse ni desanimarse.

Obviamente conviene estar también atentos al otro extremo, el multitasking, o lo que denominamos «multitareas», propio de la persona que pretende hacer aceleradamente varias cosas a la vez, pero con el peligro de quedarse en la superficialidad. Como decía Séneca, «quien está en todas partes, no está en ningún sitio». Por el contrario, la persona serena sabe ponderar, guardar el orden en su actividad y tomar la iniciativa priorizando sus rectas intenciones, sin naufragar ante las múltiples distracciones que surgen en cada momento y que quieren acaparar nuestra atención.

En internet, si no conseguimos establecer prioridades que nos ayuden a ir al grano en nuestras tareas, fácilmente podemos distraernos, perder el tiempo y alejarnos de nuestros objetivos. Si este riesgo nos acecha a los adultos, durante la adolescencia es especialmente pernicioso, porque a esa edad los alumnos están aprendiendo a estudiar y a aprovechar el tiempo. ¿Cuántas veces un menor, haciendo los deberes, entra en internet a buscar una información, y pasa media hora sin haberla, no ya encontrado, sino ni siquiera comenzado a buscar? No es el medio el que nos daña, sino su mal uso. La buena gestión del uso y de la selección de contenidos de internet es la clave.

Jean Twenge, catedrática de Psicología en San Diego, California, publicó el año pasado un libro, un best seller, con el título: “iGen: por qué los chicos hiperconectados están creciendo menos rebeldes, más tolerantes, menos felices y completamente inmaduros”. El título resume sus conclusiones después de haber analizado diferentes encuestas y entrevistas con nada menos que 11 millones de jóvenes estadounidenses.

Y en un artículo escrito en la revista Atlantic, de septiembre del año 2017 Jean M. Twenge se pregunta: “Los smartphones, ¿han destruido toda una generación? ¿Están al borde de una crisis de salud mental?” Sostiene que los chavales que han estado hiperconectados toda su adolescencia e incluso parte de su infancia llevan camino de convertirse en los más infelices y dependientes de la historia reciente.

Es importante, no obstante, evitar exagerar las diferencias entre generaciones. No es como si de la noche a la mañana los niños se despertasen y parecieran llegados de otro planeta, pero también es cierto que el número de niños que acuden al psicólogo o al psiquiatra ha aumentado y eso, a pesar de que los padres se ocupan con gran diligencia de ellos. Jean Twenge remata sus análisis con esta conclusion inquietante: “No hay una sola excepción. Todas las actividades de la pantalla están vinculadas a menos felicidad, y todas las actividades que no están en pantalla están vinculadas a más felicidad”.

En este trabajo que he acordado en titular: curiosidad pasional, tan solo quiero destacar una consecuencia de la hiperconectividad. Muchos niños se encierran en un narcisismo en el que lo importante es su image, la imagen que dan. ¿Qué piensan los demás de mí? ¿Cómo puedo dar el pego? ¡Pero ojo! No nos engañemos, el narciso en realidad no se quiere a si mismo sino tan solo a su imagen. La “fuente de su vida” es el número de likes y de comentarios que recibe diariamente. Y, de este modo se muere el joven griego narciso. No olvidemos que Narciso era pastor y con él se pierden las ovejas, lo cual indica una falta de responsabilidad notoria. ¡El que tan solo está ocupado de sí mismo difícilmente tendrá responsabilidad por el bien de los demás!

La salud que nos aconseja la Neurobiología va en dirección contraria al Narciso y esto por una razón bien sencilla, porque el cerebro es social, por eso se habla del social brain, del cerebro social. El ser humano es por naturaleza relacional.

Los conocimientos neurobiológicos nos dicen que estamos hechos para vivir en un ambiente de resonancia social y de cooperación. Dicho de otro modo: necesitamos vivir en un ambiente de amabilidad social.

Para que podamos hablar de una vida lograda o malograda hemos de tener muy en cuenta el ámbito de relaciones en el que se desarrolla nuestra vida.

 Cuando alguien queda atrapado en un mundo virtual, difícilmente podrá adquirir la felicidad verdadera, porque esa felicidad tan solo se puede adquirir en un mundo real y es ahí donde nos damos cuenta de que la felicidad tiene un precio y eso quiere decir que requiere esfuerzo, pero un esfuerzo que venga desde dentro del interesado o de la interesada. Hacer un bien a alguien repercute muy positivamente en la buena salud del que está haciendo ese acto de solidaridad.

El psiquiatra y escritor norteamericano Karl Menninger vivió casi hasta los cien años y antes de morir, en 1990, le preguntaron qué le recomendaría a una persona que sufriera una depresión. Él contestó: “salga de su casa, cruce las vías del ferrocarril, encuentre a alguien necesitado, y haga algo por él. Libérese del yo por un tiempo, y empezará a sentirse mucho mejor”.

A modo de conclusión

 Para llevar una vida eudaimónica, lograda, he de respetar la naturaleza humana. En este sentido me gusta repetir la frase tan conocida: “Dios perdona siempre, los hombres a veces, pero la naturaleza no perdona nunca”.

Una buena educación ha de tener en cuenta, las bases neurobiológicas de la naturaleza humana; algo así como un jardinero que cuida de las plantas regándolas y abonándolas convenientemente sin tirar de ellas y sin pretender que las flores crezcan tal y como las concibe su modo de pensar artificial y utópico.

La educación eficaz evita saltarse las etapas cognitivas y afectivas del niño.

Si los padres adquieren la habilidad de “regar” convenientemente el cerebro de sus hijos, sabrán transmitirles la confianza adecuada para que, haciendo uso de su libertad, vivan experiencias de logro y, gracias a ellas, se enriquezca su aprendizaje y mejore su bienestar personal. No se trata, por supuesto, de mimarlos o malcriarlos, sino de acompañarlos y conducirlos convenientemente en función de sus verdaderas posibilidades.

Tanto en la guardería como en la escuela o en la universidad, no es suficiente con capacitar al alumno para que realice esta o aquella tarea, para que aprenda una determinada asignatura, profesión o carrera, o incluso dotarlo de una teoría que más tarde encuentre aplicaciones útiles en esta o en aquella disciplina. Hoy no basta con educar a los niños para que sean «cumplidores» en el sentido de «cumplo y miento». Además, todos conocemos chicos o chicas que al salir del “radar parental” pronto se han convertido en unos brutos y toscos. 

Lo decisivo va a ser: su actitud interior, que les ayudará a reflexionar sobre lo que verdaderamente vale la pena. La buena comunicación empática y la apertura a nuevas soluciones ─lejos de la cerrazón ante nuevas posibilidades─ son un requisito indispensable para la adecuada maduración del niño. Es importante que los profesores sepan transmitir a sus alumnos la competencia social para despertar en ellos una curiosidad apasionada que les proporcione el deseo de querer aprender y que, sin duda, les allanará el camino para superar en un futuro los obstáculos y frustraciones que se les presenten. Una buena educación consigue que se transformen las mentes de los alumnos, de manera que puedan participar fructíferamente en la discusión y en el debate, con capacidad de juicio para entender en toda su hondura la complejidad de nuestra sociedad y los graves problemas que la aquejan, y sean atendidos y alentados a poner todo su empeño personal para afrontar su solución.