(Breve reflexión con motivo de la Navidad)

Mucha gente está hoy dispuesta a creer que existe un ser superior, algo que habita en un cosmos lejano, pero les parece un disparate que ese ser se ocupe de los hombres o que nazca en un pesebre envuelto en pañales. Les parece inconcebible que un Dios se digne a abajarse del universo para buscar cobijo en el corazón humano.

Pero en realidad al afirmar que solo me puedo imaginar un Dios como un ser in-personal que únicamente habita en el cosmos independientemente de lo que yo hago, estoy proyectando mi modo de pensar a un ser que me supera infinitamente.

Pensamos que lo infinitamente grande no puede ser ni sentimiento ni pasión, sino que ha de ser pura matemática y, sobre todo algo incapaz de corresponder a la ternura humana.

Sin embargo, el Evangelio nos dice lo contrario. Nos hace ver que el amor de Dios sobrepasa el puro pensar y el puro calcular humano e incluso nos enseña que esa locura de amor puede entrar en nuestro corazón y empaparnos de su ternura. Y esto es precisamente el mensaje central, siempre rebosante de alegría, de la Navidad.

La capacidad visual de la ternura brota del corazón antes de la razón, es decir de aquel corazón que, en palabras de Blaise Pascal, “encierra en sí razones que la razón no conoce”. Es lo que intuía el zorro en el principito de Antoine de Saint-Exupéry cuando explica a su amigo:

“He aquí mi secreto, que no puede ser más simple. Sólo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible para los ojos”.

Se trata por lo tanto de activar los ojos del corazón que saben ir más allá de las apariencias y permiten captar esa realidad esencial que permanece invisible a la percepción de la mente, ya que solo puede alcanzarse con la ternura y el amor. Los teólogos afirman: ubi amor, ibi oculus, lo cual quiere decir: donde reina el amor, allí hay ojos que saben ver.

Dicho de otro modo: sólo conoce el que ama.

Lo que acabamos de decir puede expresarse con la afirmación de que necesitamos la ternura para captar lo grande en lo pequeño. El adjetivo “tierno”, del latín tenerum y tendere significa tender hacia alguien saliendo para ello del yo en una relación real de entrega y de reciprocidad. La ternura se opone a la dureza de corazón entendida como rigidez, como cerrazón mental, y se opone también al repliegue sobre sí entendido como egocentrismo, incapaz de dirigirse al otro, incapaz del diálogo por permanecer en un monólogo aburrido.

La ternura nos capacita para ser delicadamente sensibles y gozar de un sentimiento vivo de participación afectiva y de amabilidad que hace la vida más agradable. El contenido de la ternura es eminentemente interactivo: es abrirse al encuentro, a la conversación, hacerse capaz de empatía y de compasión.

La conversación face to face, cara a cara es un acto profundamente humano que nos ayuda a saber escuchar y a desarrollar la capacidad de empatizar con los demás.

La palabra inglesa phubbing que se compone de phone y de snubbing (menospreciar o arrinconar), es la caricatura de la conversación. Significa mantener el contacto visual mientras se está enviando un mensaje de texto con el móvil. Es estar en otra parte con los pensamientos y representa un ataque frontal contra la empatía.

Los alumnos se sientan en el comedor y se ponen a mirar el móvil y cuando vemos a la gente en general delante de un semáforo o en la cola de una caja del supermercado, parece que les entra el pánico y sacan inmediatamente sus móviles. Esto quiere decir que no estamos en armonía con nosotros mismos y nos cuesta prestar atención a los demás. Por eso es tan importante descubrir donde está nuestra brújula interior. Para ello constituye una buena ayuda, desarrollar más la ternura, la empatía, la conversación, el amor.

Pero la ternura del corazón es también poder percibir la belleza del mundo y dejarse encantar por ella.

Cuando uno es capaz de belleza, lo ve todo y lo relee todo con los ojos del amor y nada le resulta indiferente, rutinario o aburrido. La ternura se apoya en el camino de la belleza y le da fundamento. Las más pequeñas realidades de la creación y de la vida se presentan entonces como nuevas y sorprendentes. ¡Nos llenan de asombro!

Este tiempo de Navidad es una buena ocasión para desconectar y cultivar la conversación, el silencio y la ternura. Las conversaciones off-line nos ayudan a gozar de una mayor conexión emocional con el interlocutor y, esto nos permitirá de verdad, poder entrar en el espacio de resonancia de la otra persona y sobre todo de Dios y nos asombraremos al percibir las cosas grandes que hace en la pequeñez de lo ordinario. Nos inflamaremos con su palabra al darnos cuenta de que este Dios tiene un corazón amante capaz de todas las extravagancias de un amante.

Feliz  Navidad