Suena raro, pero fue así. El sábado pasado convoqué un cineforum en la pastelería La petite Sara, (Calle de Juan de Urbieta, 13) -buenísima por cierto- y asistieron más de 40 jóvenes, con edades comprendidas entre los 25 y 30 años. Me sorprendí. Y comprobé una vez más que los millenials, como los llamamos con mucha frecuencia, nos son apáticos como nos los pintan, sino entusiastas y profundamente empáticos.

Tras la proyección de la película francesa “Una razón brillante” del año 2017, entablamos un diálogo y coloquio muy enriquecedores.

La película, para el que no la haya visto, está centrada en dos protagonistas antagonistas: un profesor cínico y desencantado de la vida (Pierre Mazard) y una joven estudiante de origen argelino (Neïla Salah) de primero de Derecho. Ambos, como analizaba una de las participantes en el coloquio, se “caen sumamente mal”, y tienen que adaptarse el uno al otro. Al final, sus esfuerzos desembocan en un enriquecimiento mutuo con una química inmejorable. La estudiante consigue con la ayuda del Profesor Manzard llegar a ser una gran abogada. Y el Profesor logra renovar su ilusión como docente, desprendiéndose de varios prejuicios corrosivos.

El coloquio se centró en lo que los asistentes definieron como efecto Pigmalión. Pigmalión era un escultor que vivía en la isla de Creta y que con gran paciencia y amor verdadero hizo que una estatua que él mismo había creado, se convirtiera en una mujer de carne y hueso.

Y solemos referirnos al efecto Pigmalión para hablar del efecto que las expectativas y creencias de una persona producen en el rendimiento de otra. Algo que hoy en día todo buen líder sabe.

De esto y de otras muchas cosas hablamos intensamente en La petite Sara, poniendo de relieve también el gran axioma de la Neurobiología respecto al potencial humano: “Use it or lose it”, usa tu cerebro o acabarás perdiéndolo. El cerebro cambia constantemente y por ese motivo tiene una capacidad de adaptación muy grande. Algo que vemos reflejado no solamente en la joven Neïla Salah, sino también en el ya entrado en años y lleno de prejuicios, Pierre Manzard.

Son las relaciones humanas, entre otras causas, las que provocan la interacción de los genes – encendiéndose y apagándose –  y los cambios incesantes en las configuraciones dinámicas de las conexiones neuronales.

El premio Nobel del año 2.000, Eric Kandel, fue el primer neurobiólogo que pudo comprobar, que dos personas al hablar entre ellas están cambiando el grosor de las uniones entre las prolongaciones de las neuronas. De este modo entendemos mejor la fuerza sanadora que puede tener una palabra, la influencia positiva que puede ejercer sobre el estado de una persona una palabra dicha con comprensión y cariño. Se puede hacer mucho bien y por el contrario con una palabra agresiva se podría también elevar el estado de crispación y destruir y dañar a la persona con la que hablamos.

Una buena experiencia para todos, poder hablar en una Pastelería sobre el potencial tan grande que alberga el ser humano.