Durante mucho tiempo se pensó que el desarrollo y la actuación de las personas, ya sean niños o adultos, vendrían determinados de modo excluyente por sus genes. Si así fuera, el programa genético haría superfluo el cariño y toda influencia del mundo exterior. Esta afirmación nos llevaría a concluir que el cerebro se desarrollaría exclusivamente de acuerdo a sus programas genéticos. Sin embargo, estos conocimientos han quedado anticuados y pertenecen a la historia de la medicina del siglo pasado. El desarrollo del cerebro humano, como he repetido en varias ocasiones, depende en primer lugar de nuestras experiencias personales a lo largo de toda la vida.

Y esto comienza con el recién nacido.

Nada más nacer, el bebé nos está diciendo, según los nuevos conocimientos neurobiológicos, «podré calmarme y tranquilizarme si el ambiente en el que crezco me regala cariño y serenidad». Y esto, ¿qué quiere decir?, ¿cómo hemos de entenderlo?

Al nacer, el sistema anti-estrés del niño todavía está bloqueado. Las muestras de afecto y cariño hacen que desaparezcan estas barreras; es decir, las relaciones de afecto, atención serena y cariño activan los sistemas anti-estrés, protegiéndolo. Durante los dos primeros años el niño depende más que nunca de una relación «diádica», uno con uno, que equivale a decir que necesita una relación muy personalizada con su madre, con su padre o con los cuidadores. De este modo se irá formando convenientemente su «yo», y los genes se activarán cooperando al buen desarrollo del niño.

Volvemos a insistir que los genes no se transmiten inalterables de generación en generación, es decir, no se encuentran bajo llave.

¿Quién se atrevería a cuestionar la importancia de los buenos alimentos, y muy especialmente de la leche materna, para el buen desarrollo del recién nacido?

Pues bien, de no menor importancia son las buenas relaciones sociales. Por naturaleza el ser humano, desde su nacimiento, está orientado hacia las buenas relaciones parentales y sociales. Hoy sabemos que para el buen desarrollo del niño necesitamos tanto la leche materna como una buena atención relacional.

Decíamos que después del parto, el bebé está a la espera de activar el sistema anti-estrés. Esto lo pudo demostrar el neurobiólogo canadiense Michael Meaney, de la Universidad McGill de Montreal. Efectivamente, Meaney y sus colaboradores lograron comprobar por primera vez que, a través de la atención empática y la dedicación y el cariño de la madre y del padre, así como de los abuelos y otras personas, se activan en el recién nacido los genes contra el estrés.

A través del cariño de la madre y del padre, así como de los abuelos y otras personas, se activan en el recién nacido los genes contra el estrés.

Dicho de otro modo, con el parto, la naturaleza dota al recién nacido de unas barreras que bloquean los genes contra el estrés. ¿Cómo se desarticulan estas barreras? La respuesta podría parecer sorprendente pero la contestación que ofrece la Neurobiología es clara y precisa: la serenidad que procede de una atención vinculante y cariñosa hará que desaparezcan esas barreras. Si se les acuna, acaricia y atiende con cariño, se activa el sistema anti-estrés del bebé, impidiendo de este modo que se eleven los niveles de la hormona cortisol que influirían negativamente en el desarrollo del niño.

Podemos afirmar, por tanto, que el trato cercano y de cariño hacia los recién nacidos es decisivo para que el niño goce de una estabilidad saludable y se pueda defender en la vida ante situaciones difíciles.

En caso contrario, será propenso a depresiones y a otras muchas enfermedades. Se comprueba de este modo que, ya desde muy pequeños, dependemos en gran medida de las relaciones sociales.

Durante los veinticuatro primeros meses el niño necesita de manera especial de la ya mencionada relación diádica: la resonancia ha de ser de uno con uno, de este modo se irá desarrollando convenientemente su «yo». El «yo» y el «otro» se iluminan recíprocamente y solo pueden entenderse en su interconexión de afecto y amor.

Los genes, por tanto, actúan de un modo u otro dependiendo no tanto de su constitución, de si son más o menos buenos, sino más bien del ambiente y de las relaciones sociales en las que el niño se va desarrollando.

No es decisivo, por tanto, que el texto de los 23 000 genes que componen el genoma del ser humano sea bueno o menos bueno. Lo que es decisivo es que se actúe beneficiosamente sobre ellos para que sean convenientemente «exprimidos», es decir, para que segreguen las sustancias más favorables para el cuerpo humano.

En un concierto para piano y orquesta, el piano de cola, que representaría al genoma humano, solo podrá emitir los tonos precisos dependiendo de que sean buenos el pianista, el director de orquesta y el resto de los componentes de esta. Por muy bueno que sea el piano, aunque sea un Steinway, los oyentes del concierto no se levantarán para aplaudir al instrumento, sino al pianista, al director y a los componentes de la orquesta. Utilizando términos científicos: lo decisivo es lo que se conoce con el nombre de «regulación genética».