La prudencia y los afectos

Después de lo dicho en el primer artículo de esta serie sobre el corazón, queremos ahora en un segundo enfoque profundizar un poco más en la virtud de la phronesis o prudencia. La prudencia nos ayuda a perfeccionar lo que la razón nos va diciendo, pero teniendo en cuenta para ello nuestra vida afectiva, nuestro corazón con sus sentimientos y emociones. Recordemos que la prudencia es aquella virtud de la que los clásicos afirmaban que es recta ratio agibilium es decir la “recta razón de lo que hay que hacer”. Y es precisamente a esto a lo que queremos tender todos, acertar con nuestras elecciones. Conseguir que sean cada vez más virtuosas, llegando incluso a ser personas en las que todas sus potencias se armonizan y en cuya personalidad apenas aparezcan roturas o fisuras interiores por empeñarse en llevar una vida coherente. De estas personas, así se puede afirmar, son aquellas que saben disfrutar de verdad de las buenas acciones y cosas bonitas de esta vida. Por el contrario- así añade Aristóteles-, quien no encuentra alegría y entusiasmo en las acciones virtuosas, no es verdaderamente virtuoso.

No hay felicidad sin prudencia

Obviamente todos queremos ser felices, pero ¿en qué consiste esta felicidad tan difícil de adquirir?. Pienso que se trata de una pregunta que cada uno debería responder por sí mismo en la intimidad de su conciencia. Ciertamente el ambiente, la familia, la sociedad en el que hemos nacido y crecido juega un papel importante en nuestro camino hacia la consecución de una vida eudaimónica. Pero ¿qué pasa cuando se instala la intemperancia y un deseo se impone a otro deseo para arrastrarlo y manipularlo? Sencillamente esa persona no está actuando bajo la ayuda potente de la sophrosyne o templanza.

De este modo los instintos y las pasiones se desenfrenan y nos arrastran. E imposibilitan que se lleve a cabo la acción racional conducida por la recta razón que nos dice lo que hay que hacer aquí y ahora, en la actuación concreta del prudente y no en la contemplación abstracta del bien. Podríamos decir también con el filósofo suizo Martin Rhonheimer, saber actuar bajo la connaturalidad afectiva con el bien. Sin prudencia nuestras acciones ya no serían conducidas por las virtudes, hacia la madurez ética. Es decir hacia el verdadero perfeccionamiento que nos ayudaría a llevar una vida lograda, sino que estaríamos a merced de los diferentes modos de ser inmoderados, desenfrenados, disolutos o incontinentes.

La prudencia nos lleva a disfrutar haciendo el bien

Con tal motivo, el comportamiento lleno de mesura siempre ha sido uno de los rasgos que mejor define el pensamiento de la Grecia clásica. Por eso ha quedado, como ya habíamos dicho, estampado en el dintel del templo de Apolo en Delfos con los dos axiomas centrales: “conócete a ti mismo” y “nada en exceso”. La virtud de la sofrosyne o templanza según el filósofo escocés Alasdair McInterye nos lleva, como consecuencia de su mente sana, al verdadero kalós, a la verdadera belleza. Una belleza que se caracteriza por la armonía consigo mismo y que actúa en sinergia con su mundo de afectos. Nos lleva por lo tanto a hacer el bien, pero además y, esto es importante subrayarlo, a disfrutar haciendo el bien.