He querido comenzar una serie de artículos sobre el mundo enriquecedor de los afectos y sentimientos con esta frase para todos bien conocida de Blaise Pascal: Las razones del corazón tienen razones que la razón ignora.

En ella nos recuerda que el corazón es el centro de toda afectividad y que no puede ser enjaulado ni por el intelecto ni por la voluntad. Podemos calificar el corazón en cierto modo como la raíz de la afectividad. Así como el corazón constituye el núcleo de la esfera de la afectividad, el intelecto sería la raíz de todos los actos de conocimiento y la voluntad la raíz de todos los actos voluntarios.

¡Pero ojo! no olvidemos que el ser humano no deja de ser un microcosmos con una misteriosa riqueza que difícilmente se deja analizar como en una disección anatómica, por compartimentos separados. También es Pascal quien nos recuerda que “sólo el corazón posee el sentido del misterio”. Por lo tanto, todo intento de querer clasificar las diferentes experiencias humanas en compartimentos, equivaldría a hacer violencia a la realidad. 

Pero veremos esta exposición bajo tres diferentes puntos de mira. Empezaremos por la importancia del autogobierno.

 

Importancia del autogobierno

El catedrático de Neurobiología de la Universidad alemana de Göttingen (Gotinga), Gerald Hüther, insiste con frecuencia en sus numerosas conferencias, que para que un niño y cualquier adulto aprenda de verdad algo nuevo, eso ha de llegarle muy adentro. Esa nueva experiencia ha de rasgarle o golpearle el corazón, para que de este modo al surgir de dentro de nuestro interior lo pueda entender y comprender mejor. Esto es así porque nuestro cerebro está íntimamente unido al mundo de los afectos y emociones. Por eso un buen profesor es alguien a quien nunca le faltará la verdadera pasión por la verdad. Será como un verdadero aristós, un líder con excelencia que sabrá invitar, animar, inspirar y entusiasmar. Sabrá lanzar chispas para que los alumnos quieran seguir profundizando con pasión en esa disciplina que están estudiando o cualquier otro contenido enriquecedor. 

Con los sentimientos, emociones y afectos, con todo aquello que llamamos corazón, la vida volitiva, intelectual y espiritual resultan ser más humanas y llenas de entusiasmo. 

La educación es necesaria

De acuerdo con los expertos en investigación cerebral, podemos distinguir en el cerebro dos sistemas fundamentales que a lo largo de su desarrollo han de intervenir complementándose armónicamente. Por un lado, apreciamos el denominado sistema basal, que actúa de abajo arriba (bottom-up); vulgarmente se conoce como sistema reptiliano y nos hace desear instintivamente una chuche, un dulce, las imágenes de un video o de un videojuego, un estímulo mediático o cualquier otra cosa que queremos de modo imperativo en este preciso momento, y todo ello sin reflexionar sobre esos deseos espontáneos y preceptivos. 

Por otro lado, está el sistema que actúa de arriba abajo (top-down), localizado en las redes neuronales de la corteza prefrontal del cerebro, y que significa una gran ayuda para poder gobernar adecuadamente los diferentes impulsos del sistema reptiliano. El proceso implicado en el desarrollo y la formación de la corteza prefrontal que ocurre a partir de los dos primeros años cumplidos lleva un nombre: Educación. Ese arte que consiste en conducir al alumno a través del escollo de las ideas equivocadas al buen uso de su libertad y evitar de este modo ser colonizados y arrastrados por el mundo digital o por otros posibles caminos erráticos o de perdición con todas sus consecuencias esclavizantes para nuestra salud y, con el peligro de acabar en una lamentable disgregación moral. 

El hedonismo no es saludable

Gracias a un buen diálogo educativo la niña o el niño podrían integrar la sabiduría del autogobierno en la volición y en la razón para estar en condiciones de llevar una vida lograda. Desde hace unos años, los neurobiólogos se han apropiado incluso de la terminología de los griegos de la Grecia clásica para distinguir entre el hedonismo de Epicuro por un lado cuya ambición fundamental era la búsqueda del placer y, por otro lado, la eudaimonía, palabra acuñada por primera vez por Aristóteles y que podemos traducir por llevar una vida lograda. Pues bien, hoy es bien sabido y salvando las múltiples excepciones que siempre nos revelan los conocimientos médicos, que llevar una vida hedónica significaría adoptar un estilo de vida muy propenso a todo tipo de enfermedades, incluso a enfermedades tan tremendas como el cáncer, enfermedades neurodegenerativas o enfermedades cardiovasculares. Por el contrario, conducir una vida eudaimónica significa gozar entre muchas otras ventajas de un sistema inmunológico más resistente por ejemplo, a enfermedades virales.

Integrar los sentimientos en la personalidad

Desde los tiempos de Homero y sobre todo de Platón se utiliza la palabra sofrosyne considerada como aquella virtud que nos permite cuidar inteligentemente el gobierno de la propia vida y que según el filósofo escoces Alasdair McIntery originariamente significaba tener una mente sana. Lo que acabamos de decir no significa que haya que reprimir todos los impulsos que procedan del sistema reptiliano, ni tampoco, tal como diría Sigmund Freud, que haya que operar sobre los mismos adiestrándolos o supeditándolos, como si fuéramos domadores en una jaula de animales. No se trata de reprimir nuestros instintos mediante un control ciego, sino de saber integrarlos positivamente en el contexto de la personalidad. 

La alegría de vivir y de saber disfrutar de las cosas buenas de la vida es esencial para nuestra salud. Por eso se entiende fácilmente que aquellas personas que saben autogobernarse, es decir, que saben vivir en armonía consigo mismo, lleven una vida más lograda y, obviamente, no sufren tanto bajo los diferentes miedos y depresiones que con tanta frecuencia amenazan e invaden a aquellos que no han sabido desarrollar tal capacidad. El gran neurobiólogo de Freiburg y catedrático de esa universidad en el sur de Alemania, Joachim Bauer, nos dice claramente que gozamos más de la verdadera felicidad si alcanzamos un mayor autogobierno sobre nosotros mismos.