¡Mi madre es líder porque le importo! Me quiere por lo que soy, no por lo que valgo. Si a la empresa uno no le vale, lo quitan de en medio. Sin embargo, a una madre, un hijo siempre le vale: es su hijo. Busca su bien desinteresadamente y, por tal motivo, casi siempre ejerce una influencia positiva.

Alguno pensará, como exclama el refranero popular, que “madre no hay más que una”. Cierto, pero también la sabiduría popular utiliza la expresión “querer como una madre” para referirse a la persona de cuya confianza se está seguro y de la que uno se fía plenamente. Ser como una madre para los demás es todo un reto. Sentirse objeto de una confianza que evoca la de la madre, genera una fuerza creadora de primer orden, que ayuda a no defraudar las esperanzas que en uno se han depositado.

Sin confianza, el otro se hunde en la lejanía de un él cerrado y solitario o, incluso, en el anonimato del ello, de una cosa sin valor.

La famosa consigna de Lenin “la confianza es buena, el control es mejor” sólo es cierta en casos excepcionales, es decir, en aquellos en los que la palabra “mejor” no se entienda moralmente, sino en el sentido utilitarista. La manipulación es el control útil. Pero sin confianza el control ni siquiera es eficiente porque los resultados que se quieren controlar escapan del campo de las variables meramente técnicas susceptibles de medición.

Como bien apunta Juan Antonio Pérez López “el suponer la existencia de un sistema de control perfecto es una forma de escapismo utópico bastante grave. Los límites de los sistemas de control son límites extrínsecos del poder. No importa lo grande que éste sea, lo que falla en este caso es el saber cómo aplicarlo para conseguir lo que se quiere”.

No es posible asegurar de un modo estable el logro de los objetivos de una institución a base de usar tan sólo medios coactivos.

Esto equivaldría a considerar la empresa de un modo muy parcial. Gran parte de la literatura sobre organización se centra en los sistemas de control formales; en cómo perfilarlos, cómo estructurarlos en función de las tareas que hay que solucionar, etc. Esto es legítimo, pero insuficiente por sí mismo.

Pensemos en las fábricas antiguas de países sometidos a ideologías totalitarias. Si los objetivos no se cumplían, la jefatura podía castigar a los responsables sin más. Los sistemas de control formal llevaban obviamente a que la gente se limitase al puro cumplimiento de los mandatos, con una actitud de indiferencia y apatía. Si falta la confianza, la única manera de liberar el potencial humano es emplear la política del “palo y la zanahoria”: hay que colgar la zanahoria (recompensas) delante de los subordinados para motivarles y transmitir una razonable cantidad de temor con el palo (castigos o pérdida del trabajo) si no se logra realizar lo encomendado.

El director de una empresa que se limita a echar mano del poder que ejerce sobre sus subordinados, sólo se está moviendo por la capacidad de manejar motivos extrínsecos sobre el comportamiento de otras personas. La autoridad, por el contrario, es la capacidad que tiene una persona para apelar eficazmente a motivos trascendentes de otras personas.

La autoridad se basa en la libre aceptación, sin que medie coacción de ningún tipo sobre los subordinados.

De hecho sólo la autoridad hace que alguien sea obedecido en sentido estricto. Porque, en rigor, “obedecer” significa querer lo que otra persona quiere y porque esa persona lo quiere. Obedecer no significa hacer lo que otra persona quiere, porque tiene poder coactivo para imponer su voluntad.  Si un líder goza de gran autoridad no necesitará ejercer el poder para que sus mandatos sean obedecidos.

El poder se puede comprar y vender, conceder y quitar. Sólo porque usted es mi cuñado puedo darle esta posición tan alta. Si hubiese nacido en una casa real, podría haber sido príncipe. Si hubiera heredado todo ese dinero, llegaría a ser el accionista más importante. Esta situación grotesca no sucede con la autoridad. La autoridad jamás se concede o se quita. La autoridad se adquiere con la forja del propio carácter y no se impone, sino que se inspira a los demás.