En el drama del poeta alemán Friedrich Schiller, La muerte de Wallenstein, podemos leer estas palabras: «Es el espíritu el que se crea su cuerpo» (Es ist der Geist, der sich den Körper baut). Schiller creía firmemente en que la libre disposición espiritual gestaba y generaba la propia naturaleza corporal. A partir de sus primeros estudios filosóficos y científicos, y sobre todo de su fecunda actividad como médico, anterior a su dedicación exclusiva a la literatura, advierte una correlación psicosomática que, sin embargo, gravita en el espíritu y en su capacidad para influir poderosamente sobre el cuerpo. El propio cuerpo de Schiller, como paciente aquejado de enfermedades graves, era un observador privilegiado para poner a prueba, en el más difícil de los escenarios, sus propias palabras y convicciones.

Este pensamiento de Schiller ha sido confirmado por la medicina psicosomática. Muchas veces no basta con disponer de las tecnologías diagnósticas y terapéuticas más sofisticadas para sanar al paciente.

Gracias a los nuevos conocimientos de la Neurobiología podemos afirmar que uno de los fármacos más eficientes para los pacientes viene dado por las palabras y gestos de otras personas. Lo que le dice un médico a un paciente puede desarrollar los mismos efectos que un medicamento. Esto se debe al hecho, como habíamos visto, de que el cerebro puede transformar la comunicación en biología.

A ninguno de nosotros se nos oculta que, en la medicina actual, muy tecnificada, hay una gran carencia de comunicación, de la que no solamente los médicos somos responsables. También influye la masificación, a la que hay que añadir la falta de tiempo, la carencia de formación en el arte de comunicar en las universidades, etc. Sin embargo, a pesar del trabajo intenso del médico, no podemos olvidar el poder de la palabra.

Recordemos una vez más que la actividad de nuestros genes depende de muchos factores, pero uno de los más esenciales es la influencia del entorno social en el que vivimos. No solamente el autogobierno, el estilo de vida, la alimentación, el movimiento corporal, sino también las palabras y actitudes que vigorizan el autogobierno, actúan poderosamente sobre la expresión genética, es decir, sobre la información que se haya codificada en los genes, que se convierte en las estructuras funcionales de las células respectivas.

El organismo humano dispone de sistemas de sanación propios.

Uno de los más importantes es el sistema inmunológico, que constituye una defensa natural del cuerpo humano contra las infecciones. Sin embargo, su tarea no se limita a la eliminación de infecciones, sino también a la capacidad de matar células cancerígenas que no dejan de brotar en cada uno de nosotros.

Todos llevamos dentro de nosotros un «médico interno» (estado de ánimo) con una estimación y apreciación de la enfermedad propia que los profesionales de la medicina deberían tener muy en cuenta. El problema es que, debido a la abundancia de trabajo, el médico fácilmente se olvida de esta realidad o le es muy difícil considerarla debidamente. Se centra casi exclusivamente en el poder de los aparatos, pero descuida el poder de la palabra y, sobre todo debido a las precipitaciones del trabajo diario, le puede faltar la delicadeza necesaria con el paciente, que obviamente ha de ser extrema en situaciones dramáticas.

Un informe difícil dado de manera brusca e inhumana puede dejar una huella traumática grave y duradera.

Buscar y aliarse con el «médico interno» del paciente mediante una conversación empática significa poder contar con un gran aliado en el proceso de curación. El médico empático sabe descubrir al «médico interno» del paciente, que es fundamental, a partir del conocimiento de su estado de ánimo y de su actitud interior ante sus dolores y síntomas. Con la medicina tecnificada se corre a veces el peligro de querer ir rápidamente al grano, sin contemplaciones. Pero este modo de actuar solo se puede justificar en los casos de urgencia.