En septiembre la mayoría nos incorporamos al trabajo después de unas merecidas vacaciones. Ya llevamos un mes recorrido y me parecía importante hablar de cómo podemos dignificarlo y engrandecerlo, convirtiéndolo en algo profundamente amable.

El trabajo no se identifica con el hacer

Una vida excesivamente activa fácilmente incapacita al alma y al ánimo para dedicarse con serenidad a aquellas otras tareas acordes con el lenguaje del espíritu. Para saber escuchar música con sosiego, leer un buen libro o contemplar una obra de arte, se requiere una actitud receptiva, así como el cultivo de ciertas costumbres enriquecedoras que tienen en cuenta los fundamentos de la antropología humana. 

En el libro VI de su Ética a Nicómaco, Aristóteles expone por primera vez dos dimensiones muy sugerentes del actuar humano: la poiêsis y la praxis. La primera es sinónimo de producción y por ello de dependencia material; es, por tanto, un acto imperfecto que solo se interesa por el resultado exterior. Aquí el error humano consiste, como diría Aristóteles, en actuar sin sabiduría por no tener en cuenta al hombre en su totalidad, no considerar la vida humana en su conjunto. La praxis, por el contrario, se caracteriza por la acción que busca la vida lograda. Considera los actos humanos en cuanto enriquecen a la persona que actúa, que está efectuando el trabajo. 

El trabajo es para el hombre, no el hombre para el trabajo

Estamos llamados a realizar un buen trabajo, pero no a fabricar o producir algo. Cualquier persona que trabaje en una empresa, independientemente del cargo que ocupe, no es un instrumento de producción, sino que está en ella para realizar bien su tarea y, de este modo, hacer un buen servicio. Lo suyo no es hacer una obra material, sino servir. Por supuesto, el resultado de ese trabajo bien realizado será, por lo general, un producto excelente. Pero es importante captar, sobre todo, el sentido profundo del actuar humano, e insistir en que la ilusión o entusiasmo de los trabajadores son fundamentales para realizar un buen trabajo. 

La vida lograda no es resultado de una poiêsis, de una producción, sino de una totalidad de praxis, de un camino certero para llegar a lo auténticamente humano. Dicho de otro modo, para que el hombre llegue a “lograr” su vida y no a “malograrla” conviene recordar que no existimos tan solo por el mero hecho de existir o de sobrevivir, sino que nos realizamos a través de nuestro existir, como ser para el que la existencia no es un mero hecho, un puro darse sin resonancia alguna para él mismo en cuanto sujeto, sino un proceso a través del cual él, en cuanto sujeto, se realiza o desarrolla. Pero a través de la poiêsis el hombre se hace esclavo de su trabajo, pues considera que no es el trabajo para el hombre, sino el hombre para el trabajo.

Consecuencias de reducir el trabajo a la producción

Cuando desaparece el plano antropológico se piensa solo en la producción, en el hombre como homo oeconomicus, tan solo dotado de la capacidad de poner cosas fuera de sí mismo, ignorando o dejando de lado su dimensión interior y profunda, su condición de persona. Como consecuencia, el proceso de producción, al haber sido situado en primer plano como si fuera el objetivo de la sociedad y de la misma vida humana, ha dejado de ser manifestación de la persona. Al final, ese productivismo sin término acaba desatándose contra el hombre mismo, haciéndole experimentar no solo la amarga experiencia de la alienación de su vaciamiento interior, sino la creciente amenaza de su insostenibilidad o descontrol. Se ha acabado por no entender el sentido del trabajo, que, en lugar de ser la forma por excelencia que el hombre tiene de entregarse, de dar y recibir amor, se ha transformado en una maldición, que genera soledad, envidia y amargura.

La solución está en la ética

La solución del problema del comportamiento ético del agente económico no está en ponerle restricciones para que actúe en contra de su propio interés, sino en ayudarle a comprender, con sentido más pleno, el porqué del actuar ético. Tampoco se trata de dejarse conducir por sentimientos de indignación ante tantos fraudes y tanta corrupción. Es obvio que cualquiera que haya cometido fraudes ha de pagar por ello, pero como afirma el premio Nobel de Economía, Robert Schiller, «sería una visión reducida de las cosas atribuir las diferentes crisis tan solo a un estallido repentino de maldad».

Cualquier buen directivo sabe que es muy difícil hacer negocios con trabajadores insatisfechos y egoístas, que no asumen serenamente el sentido de responsabilidad en la gestión de los asuntos de la empresa. Por otro lado, cualquier líder estará satisfecho de poder trabajar con personas altamente comprometidas y dispuestas a hacer lo que haga falta para alcanzar los objetivos que se hayan propuesto en equipo. Pero para esto no basta considerar la empresa tan solo como un conjunto de personas que se esfuerzan en conseguir algún fin con valor económico.

La ética es causa de motivación interna

Las empresas necesitan apoyarse en personas cuya actuación brote de una motivación interna, y no como resultado del mero cumplimiento de unas normas extrínsecas. Actuar por motivos trascendentes es todo un reto y corresponde al campo específico de la ética.

Con lo dicho hasta el momento todavía no hemos alcanzado la cúspide de la motivación profunda por la que podemos encontrar, incluso en situaciones extremas, un sentido profundo a todo nuestro quehacer. Al contemplar a la madre Teresa de Calcuta en su deseo de servir a los moribundos abandonados en medio del ajetreo de las calles, nos preguntamos ahora por la motivación intrínseca de su entrega desinteresada. Hay aquí algo realmente nuevo y distinto, que no podemos reducir fácilmente a un mismo denominador común de la amistad, la simpatía, el equilibrio del carácter, el afecto, etc.

El motor de la motivación interna es el amor

Lo que mueve a la madre Teresa a trabajar por los abandonados y despreciados solo se puede expresar con una palabra: amor. Aquí identificamos el verdadero motor de nuestras acciones, la fuerza que, sin desfallecer, nos empuja hacia esa meta de llegar a ser un buen trabajador. Cuanto más amor ponemos en nuestras acciones, mayor bien hacemos a los demás y, en consecuencia, mejores personas nos vamos haciendo. En palabras de un moderno santo que ha contribuido a descubrir el valor del trabajo humano: «Todo lo que se hace por amor adquiere hermosura y se engrandece». Además, ese amor capaz de descubrir belleza en la actividad se vuelca también, sin duda, en las tareas aparentemente oscuras e incluso desagradables: «El secreto para dar relieve a lo más humilde, y aun a lo más humillante, es amar»

La humildad, como virtud cristiana, permite que ese «hermoseamiento» surja del interior de cada persona, en medio de los problemas y las dificultades. Este florecer interior se reflejará, de un modo muy concreto, en que los trabajadores desarrollen con mayor solidez el sentido de lealtad hacia la empresa, porque saberse querido contribuye a crear un entorno en el que predomina el «querer hacer» y no el «tener que hacer». Llevará también a que se sientan más identificados con los objetivos de la empresa, a que se intensifique el sentido de responsabilidad en la gestión de los asuntos, su compromiso con los objetivos de la compañía. Conseguir este ambiente de serenidad, llena de entusiasmo, es todo un reto para el líder, pero no cabe la menor duda de que solo con intentarlo seriamente, la confianza interpersonal se acrecentará y la sinergia de equipo será más efectiva.