Lo que estamos presenciando en la escena política española, me hizo recordar algo que escribí hace ya algún tiempo sobre el liderazgo y el líder. Aquí os lo dejo:

La noche en que había de cumplirse la sentencia condenatoria de Sócrates ocurrió un hecho decisivo para la historia de la humanidad. Platón, su discípulo más fiel, quiso dejar constancia imperecedera de aquel acontecimiento en el diálogo que tituló Critón. ¿Qué hubo de extraordinario en lo acaecido en aquella prisión, momentos antes de que se consumara la vergonzosa condena a muerte de un hombre inocente?

Ante todo, lo que allí se vivió fue el choque entre dos modos opuestos de vivir. Uno, representado por los discípulos de Sócrates; otro, por el propio Sócrates, quien pensaba que solamente vale la pena vivir una vida coherente y justa, y en modo alguno otra. Critón, su viejo amigo, estaba dispuesto a gastar toda su fortuna en salvarlo de la muerte. Sócrates, aunque sabía que sus jueces habían actuado de forma inicua, movidos por razones políticas, consideraba que, sin embargo, había tenido el derecho a defenderse en el marco de las leyes vigentes. Por ello, rebate todos los intentos de Critón de ponerle en libertad.

¿La integridad moral o la vida?

Critón es un hábil argumentador y no halla dificultad en resaltar las desastrosas consecuencias de la sumisión a aquella injusta sentencia para la familia de Sócrates y para la entera sociedad ateniense. Pero, para Sócrates, el primer problema de quien ha de tomar una decisión no debe ser prever o calibrar sus consecuencias, ciertas o probables sino, ante todo, saber si aquello que decide es justo o injusto.

Sócrates prefiere salvar su integridad moral antes que su vida. Uno de los argumentos con que Critón trata de convencerlo para que huya es hacerle ver que la mayor parte de la población está de su parte. Sócrates, ante tal razonamiento, opone que nunca los que son mayoría tienen razón por el mero hecho de serlo porque lo que cuenta es el entendimiento. La opinión que verdaderamente vale es la de quienes piensan y actúan justamente: sólo de tales personas, en fin, puede decirse que obran con sabiduría.

La toma de decisiones

Pero ¿qué tiene que ver la actuación de Sócrates con el liderazgo ético? Mucho, ciertamente. Un aspecto crucial del liderazgo consiste en tomar decisiones. El ejemplo de Sócrates nos revela que las decisiones clave, aquellas en las que se pone a prueba de forma radical el valor de un líder, son las que plantean una disyuntiva entre el ser y el actuar. ¿Y qué distingue el alma noble del alma vulgar? Nos contesta Schiller con palabras precisas: el alma noble cuenta con lo que “es” y no con lo que “hace”. Dicho de otro modo, solamente quien obra con coherencia alcanza esa grandeza de ánimo que se alza por encima de cualquier género de claudicación, esa cualidad que Aristóteles denominó en su Ética la megalopsychia, es decir, la magnanimidad.

A la armonía entre el ser y el actuar se opone la claudicación, ya sea colectiva —que se ha dado en diferentes épocas de la humanidad— ya personal, que es la que encontraremos siempre como causa última de la decadencia de los Estados. Por eso, siempre han sido necesarias, y siempre lo serán, figuras inconformistas y provocadoras que, particularmente en tiempos de crisis y decadencia, nos hagan reflexionar sobre los verdaderos fundamentos de la grandeza humana. Este papel lo representaron cumplidamente aquellos grandes educadores griegos que, como Sócrates, fueron capaces de enseñar, aunque ello les costara la vida, algo tan esencial como esto: la legislación como tal no sirve para nada si el espíritu, el ethos del político, no es bueno de por sí, pues es el ethos individual el que verdaderamente forja el carácter de un ciudadano.

Cumplimiento de la propia misión

Isócrates, el gran educador que hubo de vivir los tiempos de decadencia de la Grecia clásica, tenía el encargo de velar por la vida de sus conciudadanos y, especialmente, de la juventud. Con sus diatribas en el Areópago, pretendía mover a los atenienses a que cambiaran su modo de vida, empujarlos, por medio de esos choques retóricos, a que lucharan por estar a la altura de su verdadera misión. La joven generación de atenienses, que se hallaba por entonces sumergida en la crisis que acarreó la segunda liga marítima, estaba profundamente conmovida por la fuerza de los argumentos de Isócrates y de Demóstenes. Nadie como Demóstenes, el líder de la libertad democrática, supo denunciar la demagogia tiránica y el materialismo en que se consumían los ciudadanos, convertidos en una masa anónima. Uno y otro censuraron severamente el despilfarro de los bienes públicos, puestos al servicio de los apetitos de la masa, y criticaron el reblandecimiento y la claudicación general de sus conciudadanos que los dejaba inermes. Las ideas de Demóstenes culminan con su discurso en el Areópago con el que busca convencer a los atenienses de que estaban obligados, no sólo para consigo mismos, sino también por su misión como salvadores y protectores de toda Grecia, a sobreponerse a la situación de crisis económica y de indolencia, a someterse a una educación rigurosa que les hiciera capaces, de nuevo, de cumplir su destino histórico.

Relación entre ética y estética

Tanto Isócrates como Demóstenes, y las generaciones que les siguieron,  han visto en Sócrates la figura de un gran líder que consiguió armonizar como nadie ética y estética. Quizás haya sido el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer quien más claramente ha percibido el gran problema que se deriva de separar ambos conceptos. Alguien podría preguntarse qué queremos decir aquí, en el contexto de una reflexión ética, cuando usamos la palabra “bello” y si tal idea guarda relación con lo que consideramos moralmente “bueno”. Es evidente que para los griegos lo bello y lo bueno tenían mucho que ver, ya que no son más que dos aspectos de una misma realidad y que el lenguaje corriente de la Grecia clásica funde en una unidad al entender la excelencia (areté) del hombre como “ser bello y bueno” (kalokagathía). En este ser “bello” o “bueno” de la kalokagathía, captada en su pura esencia, encontramos el principio supremo de toda voluntad y de toda conducta humana.

De lo dicho se desprende que aquello que nosotros calificamos como moralmente bueno, los griegos lo entendían como la belleza del actuar recto, del actuar con grandeza de ánimo, de hacer las cosas por los demás y no tan sólo en beneficio propio, sin dejarse chantajear ni por el dinero, ni por el poder, ni por la vanagloria. En el mundo clásico de los griegos, “la belleza era algo anhelado, que no nace del azar, sino como consecuencia de una disciplina consciente”. Y solamente de los kaloikagathoi (bellos y buenos) surgen los aristoi (los mejores), los líderes.

El liderazgo no es real si no procede de la nobleza

Es preciso recobrar aquellos ideales, esa grandeza de ánimo de la que estaban imbuidos los héroes de La Odisea o de La Ilíada. No en vano los griegos vieron en seguida, en los versos de esas obras, la más antigua formulación del ideal griego de educación, en su esfuerzo por abrazar lo humano en su totalidad. Característica esencial del ser noble en las obras de Homero es la areté, la excelencia, como atributo propio de la nobleza. Señorío y areté se hallaban inseparablemente unidos. La raíz de la palabra es la misma que la de aristós, el superlativo de “distinguido”, “selecto”.

Para llegar a captar el sentido profundo del liderazgo, es decir, de un liderazgo ético que permita desarrollar las mejores cualidades, es preciso reflexionar sobre las raíces antropológicas del ser humano, pues liderar supone, en primer lugar, mover, motivar, entusiasmar y educar —lo que, en su sentido etimológico (del latín educāre) significa “hacer salir” e, incluso, en su etimología última indoeuropea, “guiar” y “ver” (deuk). El buen líder ve, descubre, sabe cómo “hacer salir” para que no permanezcan ocultas las mejores cualidades de las personas que trabajan con él; sabe detectar las riquezas escondidas, las cualidades, como diamantes en bruto que hay que pulir.

La virtud del lider

Pero el conocimiento solo no basta. Para que la persona llegue efectivamente a ser lo que la ética clásica entiende como un hombre virtuoso, es preciso practicar la teoría. La virtud ética procede de la costumbre, es un hábito que se adquiere mediante un entrenamiento práctico. La educación moral no es sólo una enseñanza intelectual, sino también, y sobre todo una enseñanza de hábitos de vida. En el aprendizaje de la virtud, los hábitos y las pasiones que los alimentan son lo primero y más poderoso. La inteligencia es lo posterior y más débil. Por eso no deja de admirarnos la grandeza de Sócrates. ¿En qué consiste la envergadura de este héroe? ¿Qué es lo que le hace excelente?: la coherencia entre su vida y su modo de actuar. No se percibe en él ningún hiato entre su ser y su querer ser. Realiza lo que para él tiene valor, lo que es digno de ser vivido de modo ejemplar. Sócrates es una persona de gran finura interior, que percibe y vive profundamente la verdad del ser humano. 

El líder sirve

Para adquirir esa finura no basta sólo con buscar la perfección moral, sino que es necesaria la sensibilidad de captar el detalle. La finura de espíritu tiene que ver también con la atención al otro, con saber hacer agradable la vida a los demás, con detalles de servicio. Es esta actitud la que más profundamente nos universaliza e interioriza y, por ello, la que más nos perfecciona. Ahora bien, el detalle es estético; es lo que hace que las pequeñas cosas adquieran un particular realce y que de alguna manera brillen.

La finura de espíritu de la que goza el virtuoso implica una capacidad de renuncia sin la cual no hay nunca verdadera amistad. Quien quiere imponerse siempre, no tendrá amigos. La amistad consiste, en buena medida, en dejar ser al otro. Por eso fue una muestra de la finura de espíritu de Sócrates decir que el verdadero sabio es el que obra sabiamente.