Con este artículo me gustaría seguir ahondando en el consejo de Hannah Arendt sobre la importancia del pensamiento, de «pararse y pensar». Efectivamente, la filosofía siempre mantuvo una actitud reflexiva y crítica frente a la vida, frente a la realidad. Sócrates era conocido como “el tábano de Atenas”; con sus picotazos animaba a adquirir una actitud reflexiva y crítica para entender qué son el mundo, el bien, la justicia, la solidaridad, la educación. A través del método de la Mayéutica ayudaba a sus discípulos a prescindir de las ideas engañosas de los embaucadores y charlatanes, para descubrir y adentrarse en las ideas que fundamentaban la verdadera sabiduría.

Así lo han hecho muchos sabios y eruditos a lo largo de los siglos. Sin embargo, el filósofo Martin Heidegger en una conferencia sobre la serenidad, pronunciada el 30 de octubre de 1955 en Messkirch, su ciudad natal, destacaba con preocupación la «escasez de raciocinio» y a veces su «ausencia total». Advertía, ya en aquellos años de la posguerra, la falta de pensamiento como un «huésped inquietante que entraba y salía por todas partes».

Huir del esfuerzo que supone reflexionar sobre las cosas y, por encima de todo, sobre el actuar humano y sus repercusiones, lleva a dejar de pensar.

Lo cierto es que determinados modos de actuar del hombre de hoy parecen asegurar lo contrario de lo que apuntaba el filósofo alemán. ¿Hay realmente hoy una carencia de pensamiento? En ninguna época como en la actual ha habido tantos planteamientos distintos, tanta indagación, tantos sondeos y encuestas, jamás se ha explorado como hoy ni se ha investigado con la pasión de nuestros actuales investigadores. Pero este modo de pensar no deja de ser técnico, calculador y funcional, y a eso parece haberse reducido hoy el uso de la inteligencia.

No tenemos nada que objetar a la técnica excepto su función hegemónica y totalizante. Lo que se observa de modo dominante es el mero calcular, aquel tipo de pensamiento utilitarista que, si bien es necesario en nuestra vida, no es de recibo cuando pasa a ser la única forma de pensar, sobre todo cuando arrebata todo proceso de reflexión acerca de lo verdaderamente humano. El pensamiento calculador se apoya en nuevas posibilidades y ofrece expectativas cada vez mayores, fruto a veces de un enardecimiento por su propia superación. Pero no reflexiona sobre el verdadero motivo de su acción febril que, a la postre, nos lleva a acometer todo lo que es técnicamente posible sin dejar apenas tiempo para reflexionar sobre su sentido humano.

Para no acabar en una imagen reductiva del hombre es importante distinguir, con Heidegger, entre el «pensamiento calculador» y la «reflexión meditativa».

Ambos tipos de pensar son justificados y necesarios. El pensamiento únicamente calculador elimina el ideal clásico del hombre sabio, para sustituirlo por el del hombre eficiente, el experto, en el que la razón cuantificadora toma el timón del conocer. El conocimiento se hace, entonces, simplemente extensivo: se trata de conocer más cosas, y no de conocer lo que las cosas son o de conocer mejor. A este modo calculador de pensar apuntó ya hace siglos Thomas Hobbes, cuando en su libro Leviatán afirma: «Conocer una cosa es saber lo que puedo hacer con ella cuando la poseo», lo que exige disponer de la técnica para usar y dominar las cosas, manipularlas, someterlas a unos objetivos circunstanciales y si es necesario efímeros.

Pero esta ciencia nada nos dice, ni pretende decir, acerca de lo que las cosas son. Tan solo se justifica por sus resultados tecnológicos o por su beneficio monetario. Por medio de este desarrollo tecnológico, en el que no se reflexiona sobre los fundamentos del ser humano, se acaba por establecer un cambio radical antropológico que no tiene en cuenta los fundamentos neurobiológicos y antropológicos de la felicidad.

La hegemonía del pensamiento calculador representa un peligro para el actuar del hombre, pues su óptica es muy estrecha.

¿Por qué decimos que este pensamiento ve las cosas a través de unas gafas que son como anteojeras? Sencillamente, por no dar contestación al «para qué» de sus realizaciones. De este modo se pasa del actuar al puro y simple hacer: yo actúo cuando realizo acciones con un objetivo final, que integro en el contexto de acciones que me llevan a una vida lograda, mientras que simplemente hago algo cuando realizo cosas prescindiendo del «para qué» de esas realizaciones, desconociendo su objetivo final, lo cual me lleva a negar mi responsabilidad en ese hacer. Ni que decir tiene que el mero hacer es instrumental. Por medio de él, fácilmente se utiliza a las personas como simples instrumentos para conseguir objetivos de corto alcance: por ejemplo, ganar dinero por encima de todo, sin reparar en otros aspectos humanos de envergadura que se vean afectados en ese empeño.

Pienso que para llevar una vida serena es imprescindible reflexionar sobre el ser humano en su totalidad y no detenerse únicamente en el pensamiento calculador. Para vivir sereno el hombre ha de ampliar el horizonte de lo meramente empírico y aspirar a cimas espirituales en las que se respira el espíritu libre. La sola legislación o la sola ciencia empírica no sirven para nada si el espíritu del ethos del político, del científico o del empresario no es en sí mismo bueno, pues es precisamente ese ethos individual el que verdaderamente forja el carácter y protege la propia libertad y paz interior.