En todo nuevo comienzo sincero late la posibilidad de una verdadera transformación. Queremos desprendernos de aquello que nos ata al pasado y, a tal fin, nos preguntamos cómo liberarnos de las cadenas que nos pesan y arrastran. Dado que no es fácil, solemos refugiarnos en sueños y fantasías que nos alejan del verdadero camino de la transformación. Pero así nos engañamos y ese nuevo comienzo se convierte en una farsa, pues se queda en la periferia; es una apariencia que imposibilita una verdadera catarsis (purificación) que pueda liberarnos de las emociones negativas que inundan nuestro corazón.

¿Quién no ha experimentado la alegría de un nuevo comienzo?

¡Un nuevo año, un nuevo piso, un nuevo trabajo, un nuevo amigo, un nuevo amor, un nuevo hijo, una nueva ilusión! Ciertamente, son comienzos de muy diferente índole. No obstante, todos ellos pueden contribuir a que cambiemos a mejor. La transformación depende de nosotros, de nuestra actitud, de nuestro enfoque de vida, de nuestra capacidad de adaptación a nuevas situaciones. Podemos si queremos, si queremos de verdad y no solo a medias.

En el dintel del templo de Apolo en Delfos está escrito: µηδὲν ἄγαν, que literalmente significa, “nada demasiado”, es decir, “todo con mesura”. Apolo representa el equilibrio y la medida; no conoce la desmesura. Esta superación de lo desmedido y de todo desenfreno enajenador, la búsqueda ponderada del orden y la claridad, el conocimiento contemplativo del mundo es lo que Nietzsche llamaba el espíritu apolíneo, que está en neta oposición a lo dionisíaco. Se trata de la lucha entre la vertiente dionisíaca, comparable a Medusa por sus consecuencias nefastas para el hombre, y la posibilidad de vencerla a través de la belleza apolínea. La fuerza narcotizante y embriagadora de Dioniso, superada por la mesura y belleza apolínea.

Muchos genios de la literatura, de la música o de la pintura han visto en lo dionisíaco un efecto liberador y, de hecho, sus manifestaciones artísticas se caracterizan por la desmesura, la contradicción y el placer percibido incluso en el dolor.

Sin embargo, lo más perturbador de la mitología griega es lo que podríamos llamar el “pecado fatal”, cometido bajo el dictado de un horrible determinismo.

Basta que nos acordemos de Clitemnestra, que mata a su marido Agamenón. Ella aplica la justicia como instrumento para vengar la muerte de su hija Ifigenia. Aquí no podemos decir quién es justo y quién es culpable, tan solo indicar las desmesuras (Hybris), no sólo de Agamenón, que fácilmente conducen a la fatalidad criminal.

Los dramas de Esquilo se desarrollan siempre en dos planos. El de lo visible, a donde los padres humanos tratan de dirigirse, y el de los poderes soberanos y misteriosos, procedentes de la tierra tenebrosa, poderes que actúan sobre los hombres y los obligan a cometer crímenes, como en una pesadilla.

Lo que acabamos de decir de la mitología griega está en neta oposición con el cristianismo.

En la concepción griega del pecado los seres humanos son despiadadamente excluidos de la vida celestial de los dioses. Los mortales sienten la necesidad de la dicha celestial, pero al no saber encontrarla, por no conocer a Cristo, se extravían fácilmente en el orgullo. Casi se podría decir que los dioses de la mitología griega no quieren que el hombre se convierta y así comience de nuevo. Se trata de una fatalidad dolorosa, por completo opuesta a la frase divina que la Iglesia repite diariamente durante la Cuaresma: “Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

“Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

En el cristianismo, un solo pecado, en particular el de la flaqueza, no basta jamás para perder al hombre. Dios es paciente, misericordioso, espera, envía su gracia para intentar la salvación, y a veces salva al pecador, aun en contra de la voluntad de éste. Recordemos a San Pablo.

El Evangelio, considerado como buena nueva, es el origen del humanismo celestial, el del nuevo comienzo, el del hombre nuevo que cantaba San Pablo al decir a los efesios: “Renovaros en el espíritu de vuestra mente y revestíos del hombre nuevo, que ha sido creado conforme a Dios en justicia y santidad verdaderas” (4,23).

Ciertamente, el Evangelio nos hace ver con más profundidad la propia culpa, revelando así abismos de orgullo y de sufrimiento desconocidos para los trágicos griegos. El cristianismo descubre, efectivamente, grandes abismos -ya intuidos en la mitología griega- al ser obra del actuar humano. Pero, y esto hay que subrayarlo pues marca la gran diferencia, nos ayuda a ver con ojos de misericordia para transformarnos y vivir en la alegría de los hijos de Dios.

El cristianismo proclama que una sola lágrima nos salva.

Per una lagrimetta ch’el mi toglie”, exclama el diablo al ver que se le escapa la presa, en la Divina Comedia de Dante. Si una lagrimetta -la que derrama un corazón transformado- salva al pecador más empedernido, es porque la última palabra del universo es el Amor.

Lo cierto es que lo que se nos pide es un nuevo comienzo, un cambio de perspectiva, una renovación. El reino de la luz está abierto a todos los seres humanos, incluso a los más desgraciados y pecadores. Basta un solo gesto, un abandono de sí, una invocación. Los dioses antiguos procuraban impedir que el hombre alcanzase la beatitud, celosos de ésta. En cambio, el cristianismo es la religión de la oveja perdida, de la dracma extraviada, del hijo pródigo. Es la religión que proclama “Adam ubi es”, esa frase misteriosa que nos revela que Dios busca al hombre antes de que el hombre le busque a Él.

El cristianismo es la religión de las Bienaventuranzas. Al escucharlas, el pueblo humilde decía: “Nadie ha hablado como Él”, y se resistía a marcharse de aquella montaña en la que resonaban las palabras de vida.