Quizás nos acordemos de nuestro tiempo como escolares, de haber tenido dos tipos de profesores con las siguientes características. Uno de ellos se llamaba Juan, profesor de matemáticas y sin destacar especialmente como experto en su materia, ni en el modo de transmitir el contenido de sus clases. El otro, Pablo, profesor de lengua, gozaba de grandes cualidades pedagógicas y era un gran conocedor de su asignatura. Pero Juan poseía una gran autoridad. Al entrar en clase, los alumnos callaban de inmediato y le escuchaban. Por el contrario, Pablo carecía de autoridad y durante sus clases los alumnos no prestaban atención.

Juan es reconocido por sus alumnos, pues asienten en todo lo que les comunica. Goza de gran autoridad. Pablo apenas tiene autoridad personal para sus alumnos, no obstante, aceptan como verdadero cuanto él expone.

Este reconocimiento por parte del alumno parece ser una propiedad esencial de la autoridad; más aún, parece incluso definirla. Es decir, cuando el alumno asiente a las enseñanzas en una determinada disciplina, ello constituye al profesor en una autoridad para sus alumnos en ese campo. El profesor Juan comunica algo a sus alumnos que no sólo entienden los signos, sino el contenido que se les comunica en forma de aserción. Y entienden también que proceden del portador de la autoridad por lo que asienten y confirman lo que se les ha comunicado.

La palabra autoridad encierra, en su sencillez, una verdad fundamental de la vida: es una relación que permite el crecimiento del hombre.

La raíz latina de autoridad (augeo auxi auctum = acrecentar, robustecer, hacer prosperar) muestra la conexión de esta palabra con la dinámica de un desarrollo encauzado a ser perfeccionado.

En nuestra vida nos encontramos con personas que nos llaman la atención por tener un “algo más” que a nosotros todavía nos falta. Son personas que han sabido perfeccionarse asumiendo profundamente valores como la lealtad, honestidad, solidaridad, tolerancia, igualdad, justicia, sinceridad, laboriosidad…Todos ellos gozan de una personalidad de la que nos podemos fiar, pero sólo si esas personas han sabido familiarizarse con esos valores. No basta con incorporarlos únicamente por ser valores políticamente correctos. He de saber convertir esos valores en carne de mi carne, “encarnarlos”, como suele decirse.

Solamente entonces me dejaré conducir por una sensibilidad recta en todo momento, sabré gustar de lo bueno y aborrecer lo malo.

Sabré superar la esquizofrenia, tan típica hoy en día, entre el frío racionalismo que domina de lunes a viernes y la fiebre de la dispersión que campea el fin de semana.

La palabra autoridad describe también los vínculos que establecemos con las personas en la medida en que representan pasos hacia nuestra madurez y mejoramiento ético. Sin embargo, algunos realizan esta función de manera especial: son los amigos en los que confiamos. Aquellos que nos señalan el camino y nos acompañan mientras lo recorremos. Comparten nuestro camino, participando en nuestros descubrimientos, llamándonos, animándonos y señalándonos el cauce en el que debemos permanecer. Todas estas relaciones las podemos calificar como “autoridad”.

Los grandes líderes tienen el arte de respetar, promover y construir relaciones humanas logradas.

Las empresas y las organizaciones en general han de resolver tareas, pero respetando las relaciones humanas; de lo contrario, a la larga acabarán por desmoronarse.