Como apunta el filósofo alemán Josef Pieper, contemplar es un conocer no pensante, sino mirante. Contemplación es intuir, es una forma de conocimiento que no se mueve hacia su objeto, sino que descansa en él. Es una adhesión a la realidad que requiere la serenidad atenta. Lo ajetreado se caracteriza más bien por ser desatento, atolondrado y superficial, no sabe estar sosegado, sin tensión futura.

Todos deseamos la serenidad que nos permite ese descanso de la mente y esa tranquilidad del alma imprescindibles para poder disfrutar de la vida.

Nuestra forma de vida la elegimos nosotros, dentro de los límites que nos vienen impuestos.

El talante, el paisaje interior con sus diferentes visiones y limitaciones, la manera de contemplar al mundo, todo es consecuencia de una elección personal.

Hay personas de las que podemos decir que viven siempre serenamente entusiasmadas, personas que saben apreciar los diferentes matices, los diferentes relieves y colores que nos va presentando la vida, personas que saben contemplar, personas que saben percibir atentamente la realidad. Y ciertamente personas que saben amar y alegrarse de la presencia de la persona amada.

Feliz es quien ve lo que él ama.

Es decir, sin amor no hay felicidad ya que el amor es necesario para la felicidad. Pero se requiere además la presencia de lo amado. Por eso podemos afirmar que la contemplación es un conocer encendido por el amor, un percibir amante. El que ama puede ver mucho más, puede apreciar mucho más, captar la realidad de las cosas en su totalidad. Y sobre todo hay cosas que solo son percibidas por el amante y que a otros le son negadas. Lo cual significa que a él le están abiertas mayores posibilidades de felicidad que a cualquier otro.