Recientemente al tener que dar una conferencia en la ciudad de Potsdam, cercana a Berlín, noté por la mañana temprano al despertar, como apenas podía percibir el ruido del intenso tráfico matutino. ¿Qué estaba pasando? ¿A qué se debía ese silencio? Me asomé por la ventana y contemplé asombrado una capa considerable de nieve que cubría la ciudad y que absorbía el ruido de los motores. Daba la sensación como si los coches rodasen encima de una alfombra que absorbía todo tipo de ruidos. Este fue precisamente el ambiente en el que se creó el villancico alemán stille Nacht, heilige Nacht en Obersdorf, cerca de Salzburgo en Austria hacia el año 1818.

Recuperar el silencio

El mensaje fundamental de este villancico no viene dado ni por las ideas ni por los contenidos que comunica, sino por la atmósfera que crea. Una atmósfera de asombro, de paz, de calma y de humildad. De modo intenso nos habla de silencio, de calma; y nosotros tenemos una necesidad vital de silencio. Quizás sea la condición para reencontrar algo sobre la verdadera atmósfera de fiesta, que siempre hemos soñado. “La humanidad, decía Kierkegaard, está enferma de ruidos”. Saber hablar y saber guardar silencio son como dos polos que se contrastan. Por ello, es necesario recuperar el silencio para recuperar la palabra, porque de la tensión entre ambos se engendra la verdad. 

Una imagen propuesta por Romano Guardini nos puede hacer ver la importancia del silencio: “Quien no sabe callar, hace con su vida lo mismo que quien sólo quisiera respirar para fuera y no para dentro. No tenemos más que imaginarlo y ya nos da angustia. Quien nunca calla echa a perder su humanidad.” Hay realidades que necesitan ser contempladas en silencio pues generan ámbitos que sólo pueden percibirse en silencio.

Sólo se puede conocer en el silencio

Sólo en el silencio se puede conocer. El estudio científico lo requiere, pero sobre todo lo exige el estudio filosófico de la realidad, es decir, el estudio que no se limita, por ejemplo, a diagnosticar el dolor y la enfermedad, sino aquel conocimiento que se pregunta sobre la esencia y el sentido de ese dolor en el contexto de los límites de la vida humana. Las verdades que se alcanzan a partir de este conocimiento filosófico no se dan sino en el ámbito del silencio.

En el primer libro de los Reyes (Re 19, 11-12) podemos leer como Elías busca a Dios en las fuerzas más violentas de la naturaleza y lo encuentra en la brisa ligera, en el silencio: “Así podríamos seguir reflexionando: la imagen de la vida de Dios resulta ser la infinita calma de un silencio que todo lo contiene”.

Y solo en esta atmósfera de silencio, de asombro y de humildad, podemos entender una leyenda navideña que nos cuenta como entre los pastores, que acudieron la noche de Navidad para adorar al Niño, había uno tan pobre que no tenía nada para ofrecer y se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos trataban con ciertas pugnas por ofrecer sus dones. María no sabía cómo hacer para recibirlos a todos, debiendo sostener al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, va y se lo confía sobre sus brazos, por un momento. Tener las manos vacías fue su suerte.

Es la suerte más bella que nos podría suceder a nosotros. Hacernos encontrar en esta Navidad con el corazón tan pobre, tan vacío y silencioso que María viéndonos, pueda confiarnos también a nosotros a Jesús. “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5,3). De ellos es la Navidad.