Jesucristo reza en el Huerto de los Olivos. Quizás sea esta oración la más elevada de todos los tiempos. La palabra  “αγωνία”  (agonía) viene del griego y significa lucha y combate a muerte. Al finalizar esta oración leemos en Mateo, 26, 45: “Mirad ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos, ya llega el que me va a entregar”. Estando Él todavía hablando llega Judas con un tropel de gente con espadas y palos. Los esbirros se acercan a Jesús, le atan las manos y se lo llevan detenido.

Jesús se entrega sin ofrecer resistencia. Él que podía convocar a legiones de ángeles en su ayuda, y que demostró la debilidad de sus perseguidores derribándolos con la sola fuerza de su palabra (Juan 18,6: “Cuando les dijo “Yo soy”, se echaron hacia atrás y cayeron en tierra”).

¿En qué falló Judas, uno de los doce?

Ha fallado sobre todo en el amor. Desde hacía tiempo atrás, Judas, el discípulo, el amigo, el hombre que ha compartido momentos de gozo y de dolor, es el que va a entregar al Maestro. Sin duda, esto constituye una de las espinas más hondas de la agonía de Jesús en el huerto. Aquella terrible puñalada del traidor al corazón de Cristo, al amigo que nunca traiciona, no surgió de repente, sino que se fraguó en una cadena de infidelidades.

Jesús le pregunta a Judas Iscariote: Amigo, ¿a qué has venido? (Mateo, 26,50). Lucas 22,48, lo expresa de otro modo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?

¿Qué estaría ocurriendo en la cabeza de ese traidor? Poco a poco ha expulsado al Maestro de su corazón. Ciertamente no fue un derrumbamiento repentino sino poco a poco se ha ido apartando por el camino de la tibieza o acedia. La sal que se hace insípida. Judas ha caído en la tibieza que se caracteriza por la falta de amor. Es una enfermedad silenciosa y paralizante cuyo avance apenas se advierte. Se ha perdido la prontitud y la alegría de la entrega, y la fe queda adormecida, precisamente porque se ha enfriado el amor. Le falta la vibración que tanto caracteriza a un alma enamorada.

La insidia de la murmuración

Como consecuencia de ese enfriamiento del amor de Judas para con el Maestro se va instalando en él una actitud reservada donde habita la murmuración. Cuantas veces los discípulos al no entender alguna parábola de Jesucristo o algún modo de actuar le hacen preguntas diciéndole “enséñanos esa parábola”, ¿qué quieres decir con eso? Pero Judas no acude directamente a Jesús para informarse y siembra en cambio la murmuración, el desasosiego con el intento de justificarse. Como rasgo típico de la soberbia cínica de Judas Iscariote, cayó en la falta de nobleza. Guarda para sí mismo pequeños ídolos de soberbia y de avaricia a espaldas del Señor.

El desamor le lleva a Judas a querer estafar a Dios. Vender una vida, la vida de Jesucristo por unas monedas. Recibir como pago un precio de chiste, algo caduco que no ofrece ninguna seguridad.

Así se puede acabar fácilmente si se escoge apartarse de Dios, siendo víctima de la soledad considerada por los neurobiólogos como el motivo actual más frecuente de mortandad. Un cristiano que ha aprendido a rezar no tiene miedo a la soledad ya que sabe que siempre encontrará como interlocutor al gran amigo, a Jesucristo.

Volvamos a las palabras del final de la oración en el Huerto de los Olivos: ¡Mirad que llega el que me va a entregar!  Jesús está con los once y ahora vuelve el que faltaba, pero qué reconstrucción del equipo de doce tan enormemente trágica y patética.  Jesús tiene ahora delante de Él a Judas uno de los doce y a los once!!! Esos momentos nos presentan dos modos de situarse la persona ante el misterio de Jesús. Ciertamente todos fallaron por falta de amor…A todos les falta el amor, pero los once se dejan ayudar, hacen buen uso de su libertad personal, pero el otro (Judas) se cierra al Don.

Qué diferencia tan grande entre la correspondencia de San Pedro después de sus caídas a la mirada cariñosa de Jesucristo que, de dormilón, negador y cobarde acaba siendo una columna de la Iglesia y Judas que se cierra ante la mirada misericordiosa comprensiva y cariñosa de Jesús – y así mismo – a su aldabonazo: ¡Amigo! y se cierra y se desespera.