Voltaire acuñó la frase “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Quería decir que es preferible hacer una cosa bien en un tiempo razonable antes que una perfecta en un tiempo excesivo. De este modo el perfeccionista, al pretender la excelencia, fácilmente se deja de lado la eficiencia.

¿Dónde está la falacia de la actitud del perfeccionista?

Las personas perfeccionistas a menudo se esfuerzan más que otros para tener más éxito, pero también pueden caer en la trampa de ser demasiado autocríticos y preocupados por cometer errores.

Pero veamos esto con un poco más de detenimiento. En primer lugar, hemos de constatar que el perfeccionista tiende hacia un buen fin que le permite desarrollar al máximo el gran potencial del que dispone. Al fomentar sus posibilidades quiere alcanzar unas alturas que podríamos llamar excelentes para poder detenerse en ellas y disfrutarlas. Se podría decir también que el perfeccionista quiere llegar legítimamente a su perfeccionamiento y disfrutar de esa meta alcanzada. ¿Es esto algo malo o falaz? ¿Dónde está el engaño, porque hasta aquí todo parece ser bueno y digno de alabanza?

La perfección del perfeccionista consiste en que falla en el modo de actuar.

El perfeccionista sobrepasa los límites y se somete, sin apenas notarlo, a unas normas que acaban por agobiarle y asfixiarle. Normas o metas que se impone a sí mismo o él entiende que le imponen otros (profesores, jefes, familiares, amigos…).

El gran filósofo de la Grecia clásica Aristóteles acuñó el término oréxis para designar el “deseo” bueno que nos mueve y nos empuja a acometer tareas, fines loables que nos propulsan y proyectan. Al igual que Aristóteles, podemos decir, “yo soy el que vive y tengo conciencia plena de aquello que verdaderamente quiero, y para acometerlo me preparo afilando mis flechas”. Me propongo algo bueno para poder desarrollar mis talentos.

Pero ¿qué ocurre cuando el “deseo” no proviene de la armonía interior, o de la coherencia interna?

Es decir, ¿cuándo el motor de mis acciones no brota de la prudencia, la virtud, la recta razón, el equilibrio? Lo cierto es que, cuando una persona está en armonía consigo misma, encuentra placer en lo que hace y sabe disfrutar de la vida con su recto actuar. El virtuoso desea lo que debe, cómo y cuándo debe. Así se lo dicta la razón, aunque es en este preciso momento, el del razonamiento, cuando puede infiltrarse una falacia o un sofisma práctico.

¿Dónde está pues la trampa en la cae con facilidad el perfeccionista y cómo podemos detectarla? La respuesta es que el perfeccionista sucumbe ante las exigencias de la sociedad del rendimiento (Leistungsgesellschaft).

Un ejemplo que puede arrojar luz sobre este asunto. Poco antes de las fiestas navideñas, una madre nos relataba su caso: “Soy mamá de tres niñas. Tengo 30 años, una casa, un marido, un trabajo, sueños que me gustaría realizar. La Navidad está a punto de llegar y estoy a punto de derrumbarme ¿Soy yo la causa de esta situación?”. Lo más probable es que, al leer esta pequeña historia real, todos pensemos espontáneamente en una mamá guapa, deportista, exitosa en su trabajo y que quiere ser perfecta en todos los campos de su vida, por supuesto también, y de modo especial, como buena madre. Resumiendo: perfecta hasta el desmayo o el agotamiento.

El perfeccionismo funcional

Cuando abordamos el asunto del perfeccionismo hay que considerar a aquellas personas que tratan de hacerlo todo perfecto, pero conociendo sus fallos, afrontándolos y dándose cuenta de que pueden fracasar. Son los llamados “perfeccionistas funcionales”, aquellos que después de fallar, no cuestionan toda su persona. Saben disfrutar de sus actuaciones y son capaces de no ver siempre obstáculos o barreras a superar. Por supuesto, se dan cuenta de la importancia del descanso para llevar una vida sana. Con este tipo de perfeccionismo, sí se puede convivir. A nadie nos extraña que un cirujano trate de llevar a cabo con perfección una operación. Así mismo, nos parecería una gran falta de responsabilidad que los ingenieros aeronáuticos no revisasen periódicamente y con meticulosidad los puntos débiles del avión. Este es el perfeccionismo aceptable.

El perfeccionismo disfuncional

Por otro lado, están los “perfeccionistas disfuncionales” que se proponen estándares o normas muy altos, pero tienen miedo a cometer errores. Dudan constantemente de su capacidad de rendimiento y temen no poder corresponder a las expectativas de los demás y de la sociedad. Si algo no ha ido bien se achacan la culpa de no haber estado a la altura de las circunstancias. Además, este tipo de perfeccionistas tienen la sensación de que otras personas ya no les aprecian cuando algo no les ha salido bien. Esto se debe a que parten del presupuesto de que únicamente son juzgados por su rendimiento, lo cual aumenta a su vez el miedo ante la posibilidad de volver a cometer errores.

El miedo del perfeccionista

El miedo juega aquí un papel decisivo. A mayor miedo, mayor motivación extrínseca, más ansia por quedar bien ante los demás y ante la sociedad. El miedo hace que el perfeccionista recurra al deber para escapar de la angustia, pues cumplir deberes tiene sobre él una función sedante. Y llega un momento en que el deber tiene para él más importancia que el bien. Confía en el deber pues le da seguridad, y es un refugio de su narcisismo y su amor desordenado hacia sí mismo.

Para el perfeccionista, la perfección es una máscara. La careta de la perfección para no ser reprendido. Esto hace que provoque en los demás la impresión de no ser verdadero, de carecer de vida, de espontaneidad, de ser rígido. El perfeccionista vive en un “no” constante, tratando de evitar cualquier tipo de falta. Prefiere protegerse con un continuo “no” ante sus posibles defectos en vez de vivir con sencillez asumiendo las propias faltas y deficiencias. Un modelo típico de este tipo de perfeccionista es el que describe el psicólogo Paul Watzlawick: había un hombre que aplaudía cada tres segundos. Otro le preguntó por qué hacía algo tan extraño, y este replicó: “Para espantar elefantes”. Quien le había preguntado le dijo: “¿Elefantes? Pero si aquí no hay ninguno”. El hombre replicó: “¿Se da cuenta?”.

La trampa del perfeccionista

Pero volvamos al principio: ¿dónde está la trampa en la que cae el perfeccionista? Para responder, recurriremos a la parábola “ante la ley”, que aparece en la obra El proceso, de Franz Kafka. La ley nos hace ser injustos, todos somos culpables sencillamente porque no podemos cumplir las normas tal como sería de desear, no conseguimos acercarnos a sus exigencias. Entre tantos árboles, no se consigue ver el bosque lleno de vida. Al querer hacer siempre algo que no me sale como quiero, la vida se convierte en algo dificultoso, cada vez más difícil de realizar. Y el trabajo en algo tan arduo como remar en una galera. Entonces llega el miedo, y se apodera del perfeccionista, que queda atenazado por una falsa culpabilidad. Vive su vida de acuerdo a cómo la ven los demás, y no tal y como debería ser.

El caldo de cultivo del perfeccionismo

Aplicando lo dicho a la relación padres-hijos, una educación emocionalmente fría o llena de indiferencia constituye el humus ideal para que brote un “perfeccionismo disfuncional”. Los niños buscan el reconocimiento a través del rendimiento, pero no lo reciben ya que los progenitores o cuidadores tan solo miran las faltas o fallos de los niños, los cuales se esfuerzan más todavía para gozar de la tan anhelada atención. Al mismo tiempo, se va instalando en los pequeños un sentimiento de desamparo y abandono que influirá en su vida y también posteriormente en sus propios hijos.

La humildad auténtica, sencilla y pacífica, que asume su propia realidad y limitación, representa la piedra de toque para detectar las deformaciones caracterológicas que pueden ser el origen de tantos sufrimientos inútiles en el perfeccionista. En cualquier tiempo y circunstancia, el arte de los auténticos sabios y de los auténticos santos, de los conocedores en profundidad del ser humano, consiste en saber discernir.