Quería mencionar hoy -después de lo que hemos vivido estos días- uno de los errores más persistente de nuestro tiempo: pensar que la actuación de las personas, ya sean niños o adultos, viene determinada de modo excluyente por sus genes. Además, quiero manifestar otro error, también funesto y carente de fundamento científico y que consiste en observar al hombre como un ser gobernado por una innata tendencia a la violencia, algo así como un instinto genéticamente anclado que le haría actuar agresivamente. La vida, sin embargo, no es, como hemos dicho, el resultado de una lucha violenta en la que tan solo consigue sobrevivir el más fuerte. La frase del filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679), homo homini lupus ─el hombre es un lobo para el hombre─, carece de fundamento neurobiológico.

La violencia humana es un gran misterio, y aunque nadie nace siendo un asesino, sí puede llegar a convertirse en uno.

¿Podemos explicar racionalmente crímenes tan inhumanos como las matanzas en escuelas, los asesinatos étnicos y fanáticos, las guerras tan devastadoras o los pilotos suicidas? Cualquier explicación racional y lógica fácilmente podría deshonrar a aquellas personas que han sufrido esa violencia inhumana. Quienes atribuyen al hombre un «instinto agresivo» que estaría anclado en nuestra naturaleza sanguinaria, homicida y belicosa, suelen remontarse a los orígenes del hombre, incluido el chimpancé. Los ancestros del homo sapiens habrían evolucionado selectivamente como cazadores y guerreros. Esto habría hecho surgir en el ser humano un deseo especial de cazar y matar, del que se habría derivado un «instinto asesino» contra la propia especie.

Pero esta teoría no deja de ser pura imaginación, pues nunca ha sido comprobada y sí impugnada por numerosos especialistas en la materia.

En lo más profundo del ser humano se ocultaría un poder maligno que nos obligaría a hacer el mal por determinación genética y que, por tanto, nos eximiría de la responsabilidad de mayores atrocidades.

Series televisivas como House of Cards o Juego de tronos se han convertido en herramientas que sirven de espejo para hacer un análisis social y político de la sociedad, basado en la tendencia a usar todo tipo de maldades para sobrevivir. Esas herramientas se utilizarían para poder entender acciones violentas, las estrategias, las decisiones y amenazas a nivel político. House of Cards sumerge al espectador en un entorno turbio en el que se desarrollan los peores impulsos de la humanidad, la violencia está en una mirada, un puño que se cierra, un comentario y, todo esto, dentro de las convenciones sociales. De manera que cuando la violencia se vuelve física, aunque mínima, apabulla.

La serie Juego de tronos se basa en el libro de George R. R. Martin Canción de hielo y fuego. A que haya sido un éxito no solo han contribuido su gigantesco presupuesto o su guión intrincado, sino también su violencia brutal. Los estudiantes de Política Internacional, especialmente en Canadá y Estados Unidos, se preguntaron con frecuencia si, al acentuar la brutalidad en su estado puro, no se fomenta una visión «realista» del mundo.

¿Acaso el salvajismo que muestra Juego de tronos —con sus abundantes decapitaciones, violaciones y torturas sexuales— ha ayudado a alentar las tácticas de los terroristas?

¿O la serie —en la que la violencia muchas veces engendra más violencia, pero no necesariamente les da a los personajes lo que quieren— en realidad podría estar resaltando los límites de la fuerza? Estas son las preguntas que se hace Dominique Moisi, profesor en el Instituto de Estudios Políticos de París. En un nivel más sofisticado, el universo del programa —una combinación de mitología antigua y Edad Media— parece captar la mezcla de fascinación y miedo que hoy siente mucha gente.

Es un mundo fantástico, impredecible y devastadoramente doloroso; un mundo tan complejo que hasta los espectadores más fieles del programa muchas veces se han sentido confundidos. Incluso la actriz británica Emilia Clarke, que interpreta el papel de la reina Daenerys Targaryen, afirmaba que necesitaba imaginar actos malvados para adecuar su actuación a la trama, la cual no deja de ser pura ficción por mucho que se nos quiera hacer creer que se parece al mundo en el que vivimos.