¡Cuántas cosas dependen de que encontremos la palabra acertada! Hay palabras que animan, palabras saludables, que contribuyen poderosamente a tener buena salud, palabras que invitan, palabras que llenan de esperanza, palabras que inspiran.

Pero también hay palabras que son demoledoras. Sobre todo, las palabras de rechazo, de menosprecio, de indiferencia, que activan las mismas zonas del cerebro que el dolor físico. A tal efecto se ha acuñado el acrónimo FOMO, de la expresión inglesa «Fear of missing out», y que se traduce como miedo a perderse algo o a quedar excluido de un grupo o de un entorno. Se trata de una fobia que tiene su origen en el mundo digital y la hiperconectividad a las redes sociales.

En una sociedad en la que, con frecuencia, la competitividad se reconoce como un valor central, los mecanismos de exclusión constituyen una regla elemental y necesaria.

La competitividad es por naturaleza excluyente, por eso, niños, ancianos, mendigos, inmigrantes, minusválidos, deficientes, etc., fácilmente se convierten en excluidos. Ser excluido significa no ser reconocido, ser despojado del derecho a ser persona. Si cada persona es irrepetible, insustituible, única y con una dignidad irrenunciable, ¿cómo podemos sentirnos indiferentes ante ella? Solo podemos ser indiferentes con una persona cuando no la vemos como persona, es decir, cuando la percibimos como objeto. Pero cuando percibimos a una persona como un objeto, cometemos una aberración metafísica, psicológica y sociológica. 

La indiferencia es la actitud psicológica ante algo que se valora como neutro, ni bueno ni malo. Está muy en alza en la sociedad actual.

Supone un «pasar de» los demás, sin que se haya producido el encuentro con ellos. Se les arrebata aquello que les permite sentirse humanos. De este modo la exclusión social se convierte en una característica de nuestro tiempo. Los pobres, marginados y excluidos son los rostros humanos de las patologías de una sociedad enferma.

Lo que nos interesa ahora es dirigir una vez más nuestra atención hacia los centros cerebrales de aquellas personas que están sometidas a exclusión, marginación o a palabras humillantes. ¿Qué ocurre en su cabeza? El cerebro percibe tanto el dolor físico como el psicológico, el producido por un golpe como el ocasionado al ser rechazado o excluido. Los científicos han comprobado que las palabras no son inocentes. Las de rechazo, menosprecio o ruptura amorosa activan las mismas zonas del cerebro que el dolor físico. Expresiones como «me partió el corazón» o «me apuñaló por la espalda» son más literales de lo que parecen.

Las palabras de rechazo, menosprecio, o indiferencia, activan las mismas zonas del cerebro que el dolor físico

La directora del Departamento de Psicología de la Universidad de Los Ángeles en California, Naomi Eisenberger, fue la pionera en descubrir la semejanza entre el dolor físico y el dolor de marginación. En un experimento pidió a unos voluntarios sometidos al escáner de resonancia magnética que participasen en un juego de ordenador en el que tres personas se pasan un balón. Cuando dejan de pasarle la pelota a uno de ellos, este se siente menospreciado, lo cual provoca sobrecargas de tensión en el córtex cingular anterior (CCA). Eisenberger descubrió que no solamente el dolor físico deja su huella dactilar en la corteza cingular anterior del cerebro (CCA); esta misma huella se puede observar como consecuencia de las diferentes formas de marginación o de insultos verbales, de desprecio o de exclusión. Esto nos lleva a la conclusión de que un insulto duele literalmente. La angustia que provoca un insulto es similar a la respuesta emocional del dolor físico, o a revivir una ruptura con la expareja.

Varios estudios han confirmado la relación entre un dolor emocional y la huella dactilar en el cerebro.

El rechazo social no solo deja una huella en el córtex cingular anterior, sino también en la ínsula o corteza insular, situada en la superficie lateral del cerebro, dentro del surco lateral que separa la corteza temporal de la parietal inferior. Esta estructura cerebral responde a diferentes tipos de dolores, por ejemplo, el debido a una rotura de ligamentos en la rodilla, pero responde de modo sumamente análogo ante una ruptura amorosa.

Ethan Kross, de la Universidad de Michigan en Ann Arbor, estudió a cuarenta personas que habían pasado por una ruptura amorosa en los últimos seis meses, y les pidió que viesen una foto de su expareja y pensasen en su reciente ruptura, al tiempo que se les aplicaba un escáner de fMRI (imagen por Resonancia Magnética Funcional). Los resultados fueron muy semejantes a los obtenidos por Naomi Eisenberger. La experiencia del «corazón roto» deja una huella dactilar en el córtex cingular anterior y en la corteza insular.

Estos hallazgos han marcado un antes y un después en los nuevos conocimientos de la Neurobiología

Estos hallazgos han marcado un antes y un después en los nuevos conocimientos de la Neurobiología, y resultan muy útiles para entender mejor la medicina psicosomática y cómo los procesos mentales influyen sobre nuestro cerebro. En este caso a través de humillaciones, exclusión social o alejamiento de la persona querida. 

Esto ya lo intuía, a finales del siglo XIX, el famoso filósofo y psicólogo estadounidense William James (1842-1919), profesor de Psicología en la Universidad de Harvard y fundador de la Psicología Funcional. Hace más de cien años, afirmaba que, si nadie nos mirase al entrar en un cuarto de estar, si nadie nos contestase al dirigirle la palabra, si nadie percibiese lo que estamos haciendo, si nos tratasen como si no existiésemos, sentiríamos una ira tan exacerbada, una desesperación y un dolor tan grandes que, en comparación, el daño físico sería casi una liberación. Los recientes conocimientos de la Neurobiología le han dado la razón. En conclusión, la exclusión de un grupo y el rechazo a través de otras personas constituyen poderosos desencadenantes de la agresividad y de situaciones cargadas de estrés que fácilmente nos quitan la serenidad.