Influencia de la lectura para el desarrollo cerebral y emocional.

Ciertamente el cerebro goza de una gran plasticidad, con esta palabra que procede del griego plastikós nos referimos a la inmensa capacidad del cerebro de adaptarse y moldearse a las nuevas situaciones y a los nuevos retos. Sin embargo, como bien apunta la investigadora Maryanne Wolf, más sorprendente todavía, es que el cerebro sea capaz de ir mucho más allá de sus estructuras originarias dadas por la naturaleza humana. 

Con la lectura se abren nuevos caminos, nuevas pistas cerebrales. Gracias a la lectura sucede algo más profundo y eficaz de lo que puede ocurrir por ejemplo con la reparación exitosa que efectúa un buen técnico electricista al introducir nuevos cables en una casa vieja. Una tarea que ciertamente requiere muchas destrezas. 

Con la lectura el cerebro se reinventa (literalmente)

Pues bien, el cerebro no solo es capaz de reorganizar y reactivar las partes originales tales como serían las estructuras de las neuronas responsables para la vista y el oído, sino también de reajustar algunas redes neuronales en esas zonas para que se adapten y adecúen a las nuevas funciones. Pero hemos de subrayar que ninguna de estas actividades son el resultado de la acción de diferentes genes programados para ello, algo así como genes nacidos y dotados por la naturaleza humana para desarrollar la posibilidad de leer. El cerebro por decirlo de un modo más drástico y coloquial ha de reinventarse y esto, no solo una o varias veces en la vida, sino constantemente. Por eso decimos que el cerebro desde su comienzo hasta el final de su vida se halla constantemente en obras.

Wolf insiste en la distinción entre el aprender a leer y el aprender a hablar. Se trata de una diferencia notable ya que el niño para aprender a hablar y comunicarse con las personas que le rodean, su cerebro está dotado de unos genes que con una mínima asistencia pueden capacitar al niño para que hable, comprenda y piense con palabras. El niño independientemente del lugar donde haya nacido, al “ser hablado” por las personas circundantes, podrá él mismo, hablar el idioma de ese lugar. Esto se nos antoja describirlo como un verdadero milagro.

Leer no es algo natural, hay que aprenderlo

Sin embargo, en el caso de la lectura de un libro las cosas no suceden de ese modo tan sencillo y natural ya que aprender a leer requiere más esfuerzo; una actividad que no surge naturalmente.

Acordémonos de las cartas de Rainer María Rilke a un joven poeta. En su primera carta que data del 17 de febrero de 1903 escribe: “Una obra de arte es buena si ha nacido a impulso de una intima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida”. Esa intima necesidad que brota de un manantial con agua fresca permanente equivale a tener un espíritu creativo del que surgen constantemente nuevas ideas que nos iluminan y enriquecen a nosotros mismos y a todas las personas de nuestro entorno.

Importancia de la lectura profunda

Pero ¿qué ocurre si no se cuida ese manantial? ¿Si se deja secar o incluso pudrir? ¿Qué ocurre si al niño o a la niña le falta la lectura profunda que le podría proporcionar el buen discernimiento y el espíritu crítico a la hora de escoger entre una cosa que le conviene o no le conviene?

Afortunadamente el cerebro viene a este mundo provisto de un diseño básico capaz de aprender muchas cosas que no son naturales. Ya hemos hecho mención de la importancia de la neuroplasticidad que incluye formar un nuevo circuito, conectar partes viejas, reciclar nuevas neuronas, añadir nuevas ramas a los circuitos ya existentes etc…Todas estas posibilidades son efectuadas por un cerebro que lee y que con tal motivo se va formando y va adquiriendo un nuevo modo de ver las cosas, o, como diría Albert Einstein, nuestras teorías sobre el mundo determinan aquello que vemos.