Todos tenemos que ser “empresarios de nuestra vida”, es decir, “hemos de saber gestionar nuestra vida”. Vivir humanamente es hacer uso de la propia libertad y eso significa comunicarse y tomar decisiones. El gran comunicador austríaco Paul Watzlawick afirmaba: “es imposible no comunicarse”. Con este axioma quería indicar que todo gesto, todo sonido, todo silencio, todo movimiento corporal, todo comportamiento es una forma de comunicación, ya que abarca mucha más información que la que contiene la palabra expresada.

De modo análogo podemos afirmar que es imposible “no decidir” pues la “no decisión” implica una decisión con otras consecuencias.

Todo ser humano es el novelista de sí mismo.

Y como diría Ortega y Gasset, “aunque podamos elegir ser un escritor original o un plagiario, no podemos evitar escoger. Estamos condenados a ser libres”. La vida me lleva a decidirme ante diferentes opciones y de acuerdo con el uso que haga de mi libertad, podré autorrealizarme o autodestruirme. En consecuencia, es importante tomar decisiones adecuadas que me conduzcan a la buena autorrealización, es decir, a llevar una vida de plenitud.

El liderazgo ético exige de cada persona que clarifique lo que le importa en la vida, qué es aquello por lo cual está decidido a tomar decisiones sobre cosas que se hallan a su alcance y de esto dependerá, también, el modo de comunicarse. Así se dará cuenta de cuáles son sus valores prioritarios (jerarquía de valores) y de cómo va a conducir su vida para conseguir una vida lograda que, a corto o largo plazo, repercutirá en el buen desarrollo de las capacidades operativas de las personas que trabajan con él.

El fundador de la logoterapia Víctor Frankl, prisionero durante mucho tiempo en los tremendos campos de concentración nazis, sintió como pocos lo que para él significaba una “existencia desnuda”. Sus padres, su hermano, incluso su esposa murieron en los campos de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal suerte que, salvo una hermana, todos perecieron. Lo único que le quedaba -así afirmaba Frankl era la capacidad de elegir, es decir, la actitud personal de decidir ante un conjunto de circunstancias.

¿Cómo poder despertar en los demás la responsabilidad de vivir por muy adversas que se presenten las circunstancias?

Para contestar a esta pregunta, Frankl cita con frecuencia la célebre frase de Friedrich Nietzsche: “quien tiene un porqué para vivir, podrá soportar casi siempre el cómo.  Pero este “porqué” ha de ser hallado por cada uno haciendo uso de su propia responsabilidad que no podrá ser reemplazada por nadie.

Frankl hace referencia a dos casos fallidos de suicidio, que guardan entre sí mucha similitud, acaecidos en un campo de concentración. Los suicidas habían exteriorizado su intención irrevocable basándose en el argumento frecuente de que ya no esperaban nada de la vida. En ambos casos se trataba de hacer comprender a estas personas que la vida sí esperaba todavía algo de ellas. A uno le quedaba un hijo al que adoraba y que le estaba esperando en el extranjero. Al otro no era una persona, sino una tarea, lo que le esperaba: ¡su obra! Era un científico que había iniciado la publicación de una colección de libros que debía acabar. Tan sólo él podría llevar a término esa obra. El haber asumido conscientemente la responsabilidad ante el ser humano, que le espera con todo afecto o ante la obra inacabada, les ayudó a no tirar su vida por la borda.

Conocer el “porqué” de tu existencia te ayudará a soportar casi cualquier “cómo”.

Necesitamos, por tanto, dar a nuestra vida un “sentido profundo”. De este modo sabremos concretar nuestra misión o vocación específica, dándonos cuenta de que no volverá a repetirse en la vida. La tarea de cada uno será única e irrepetible. Y si soy o no soy excelente en mi modo de ser dependerá del “cómo” tome decisiones. Quien olvide esto es fácil que no llegue a conseguir nada que valga la pena y que carezca en su actuación de una trayectoria definida – de un liderazgo – capaz de inspirar confianza a los que le rodean.

El gran psicólogo americano Abraham Maslow afirmaba que “las personas que buscan la autorrealización directamente, separada de una misión en la vida, de hecho no la logran”. Pero ¿en qué consiste esa misión? ¿Qué quiere decir, se pregunta Benedicto XVI, citando palabras de Pablo VI, que “cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación?”.

La vocación es una llamada que requiere una respuesta libre y responsable que, al concretarse, se convierte en criterio con el que se miden todas las otras circunstancias de la vida.

“Esa vocación se transforma en verdadera autonomía, porque hace libre a la persona, que  permanece artífice principal de sus éxitos o de sus fracasos”, concluye Benedicto XVI.

Concretar nuestra vocación y misión personal es un requisito indispensable para poner en práctica un liderazgo logrado. Esto es imposible para la persona que va dando tumbos por la vida y tan sólo se mueve por preferencias arbitrarias, dictadas por el relativismo reinante en la sociedad, que incapacita para el compromiso personal a largo plazo. Tampoco sería un liderazgo logrado dejar que nuestra vida se someta a los vaivenes, no ya del pensamiento de moda (lo políticamente correcto) sino también de la dictadura de las pasiones o de la seducción de la técnica. Es cierto que la técnica muchas veces nos rescata de las limitaciones físicas y amplía nuestros horizontes, pero la autosuficiencia de la técnica sólo contesta a preguntas sobre el “cómo”, olvidándose de los “porqués” que impulsan a actuar.

Cuando el único criterio de verdad es la eficiencia y la utilidad se niega automáticamente el desarrollo, pues el verdadero desarrollo del hombre no consiste principalmente en el hacer.

“La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre”.

Necesitamos, por tanto, unos ojos y un corazón nuevos para darnos cuenta de la importancia de involucrarnos a favor del bien común y, de este modo, saber señalar las prioridades en nuestro trabajo y en nuestras tareas cotidianas.

Además, si la racionalidad del quehacer técnico se centrase tan sólo en sí misma, al final se revelaría como irracional, porque comporta un rechazo del sentido y del valor. Por ello, el olvido de la trascendencia contribuye al desencanto total de un mundo que cree haber desvelado cualquier misterio. En este tipo de cultura, la conciencia actuaría entonces como una mera posibilidad técnica. Los desafíos quedarían reducidos a un desarrollo material, con sus problemas meramente psicológicos o neurobiológicos. Estas reducciones tienen su origen en una profunda falta de comprensión de lo que es la vida trascendente y, por lo tanto, espiritual.

“No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo”.

Una razón encerrada en su inmanencia fácilmente queda a merced de sus sentimientos no armonizados en el todo de su identidad personal y, en especial, de los deseos más inmediatos tales como el odio, la pereza, la comodidad, la vanidad, la codicia, etc. Al no estar coordinadas armónicamente las esferas de la cognición y de la voluntad, el hombre se desajusta y se hace esclavo de sus pasiones: no se conduce a sí mismo, deja de ser dueño de sí. No hay liderazgo. Es llamativa la claridad con que los clásicos se dieron cuenta de esto.

Así se expresaba Séneca sobre Alejandro Magno: “Alejandro devastaba y ponía en fuga a los persas, a los hircanos, a los indios y a todos los pueblos que se extendían por el Oriente hasta el océano, pero él mismo, unas veces por haber matado a un amigo, otras por haberlo perdido, yacía en las tinieblas, lamentando ya su crimen, ya su soledad, y el vencedor de tantos reinos y pueblos sucumbía a la ira y a la tristeza. Porque se había comportado de modo que tenía en su potestad todas las cosas, pero no sus pasiones. En qué gran error están los hombres que desean llevar su dominio más allá de los mares y se consideran muy felices si obtienen guerreando muchas provincias y añaden otras nuevas a las antiguas, sin saber cuál es el reino más grande e igual al de los dioses. Dominarse a sí mismo es el mayor de los imperios.

De esto deducimos que el gobierno más difícil es el gobierno de uno mismo lo que equivale a decir que hacer buen uso de la libertad no deja de ser un reto, pues libertad no quiere decir otra cosa que poseer dominio sobre las propias tendencias, es decir, tener la capacidad de dirigirse al bien actuando por propio impulso.

Ser empresarios de nuestra vida es una tarea de liderazgo que no resulta fácil, pero es una tarea que vale la pena acometer, pues significa un salto de calidad en el modo de vivir.

En la medida en que consigo un temple personal no me estoy dejando arrastrar por el viento que más fuerte sopla en cada momento, sino que llevo con firmeza el timón de mi vida, estoy ejerciendo el liderazgo. Ese “talante elegante” se reflejará en un modo de conducirse en el que brilla el señorío de uno mismo. El resplandor de su inteligencia se manifestará sobre todo en el control sobre sí mismo, incluso en las contrariedades más adversas. Y este líder, con esa luz interior que difunde a su alrededor, será como aquel personaje de Miguel Delibes, esa señora de rojo sobre fondo gris, de quien nos dice el escritor que “con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”.