La grandeza proviene de la confianza, aunque de algún modo nos haga vulnerables. Los desconfiados dicen que su actitud se debe a sus malas experiencias. Esta idea no es sino una generalización derrotista, propia de quien se ha puesto unas gafas oscuras y todo lo ve negro. No advierten los matices que brillan entre lo negro y lo blanco: todo lo absolutizan, sin calibrar.

En realidad, la desconfianza no es algo natural. Uno se hace desconfiado y como dice Robert Spaemann “al que rehúye por principio confiar en los demás, no le queda más que un remedio: suicidarse”.

Autonomía absoluta sólo existe para el hombre en el breve momento en el que pretende separarse del mundo. Si queremos vivir, debemos renunciar al deseo de ser enteramente dueños de la situación y confiar en los demás.“Abandonarse en alguien” (= sich auf jemanden verlassen), así es como se dice en alemán “confiar en alguien”. Abandonarse supone, efectivamente, lo contrario de quedarse consigo mismo; es desprenderse del adorado yo.

La confianza es natural

Los psicólogos hablan de una “confianza originaria” del hombre, sin la cual no es posible una vida sana, y que tiene su fundamento en la confianza del niño pequeño en su madre (René Spitz). Si en torno al recién nacido no aletea la confianza, sino más bien la ansiedad, el miedo o el desamor, el niño no logra desarrollarse correcta y armónicamente.

El niño no “se decide” a confiar en su madre: es precisamente al revés, primero está con su madre y paulatinamente llega a ser él mismo. Toda la confianza posterior, todo abandonarse en otros, es la repetición de lo que pasaba al principio.

La desconfianza es lo aprendido

Y si no pasaba al principio, la consecuencia es a menudo una debilidad del yo; la incapacidad de abandonarse es a su vez expresión de esta debilidad del yo. Sólo un yo fuerte puede abandonarse sin miedo a perderse. Lo que podemos aprender, por tanto, no es la confianza, sino la desconfianza.

En uno de los Cuentos de Gregor von Rezzori, un padre anima a su pequeño hijo a saltar a sus brazos abiertos, desde el árbol al que se había subido. El niño salta, el padre se aparta y le deja caer al suelo. El niño llora y el padre le explica: “Lo hice para que aprendas a no confiar en nadie”.

Significado de la confianza

Tener confianza en el hombre significa salir al encuentro de la realidad del otro. La confianza es un acto humano que referimos a personas, por tanto a sujetos libres. Sólo mediante la confianza se me revela el otro como pues sólo la confianza despierta la capacidad de respuesta, es decir, de responder ante mi llamada. Sin la confianza, el otro se agarrota en un escepticismo que no cree en nada; esto es precisamente lo que llamamos nihilismo. La negación de toda realidad, de toda verdad, belleza y bondad vinculantes.

El gran sabio judío Martin Buber afirmaba que el hombre no es un simple y aislado existente, sino un “ser dialogante”. Son célebres las palabras del conocido psiquiatra suizo Ludwig Binswanger: “el hombre es un ser-con-el-otro”: “Da-sein ist Mit-sein”.

La confianza es condición necesaria para la autoridad

Decir coloca al otro en el espacio creador de la libertad, de su posibilidad de expansión, de autorrealización. Las relaciones humanas que se reducen a lo exclusivamente técnico-profesional anulan la libertad y la vitalidad del tú auténtico: el “ello” es el sujeto de la técnica, afirmaba ya hace muchos años Gabriel Marcel.

La confianza en las intenciones es por supuesto condición necesaria para la autoridad, pero no es condición suficiente. Para que la autoridad se dé es también imprescindible la confianza en la capacidad de decidir de modo adecuado que tiene una persona.