En su libro Eichmann en Jerusalén, la filósofa y gran comunicadora Hannah Arendt describe el secuestro de Adolf Eichmann en Argentina, en mayo de 1960, llevado a cabo por unos agentes israelíes. Eichmann, teniente coronel en tiempos del Nacional Socialismo en Alemania y responsable directo de la Solución Final y de la deportación a los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, fue conducido al Estado de Israel para ser juzgado. Tras un largo proceso judicial, fue condenado a muerte, el 1 de junio de 1962.

Para Arendt, la oportunidad de ir a Jerusalén y ver a Eichmann en carne y hueso, resultó ser, más que el cumplimiento de una obligación, una sanación posterior, como diría años después. Al igual que muchos otros, la filósofa esperaba vislumbrar en este hombre a un verdadero monstruo, pero su reacción al verlo fue muy distinta. A medida que avanzaba el juicio, crecía su asombro. El oficial alemán no era ese monstruo esperado, ni siquiera una persona siniestra o inhumana, sino tan solo un Hanswurst, un «mindundi», es decir, una persona insignificante o de poca categoría. Arendt necesitó bastante tiempo de sanación posterior para superar el espanto y el sobrecogimiento ante semejante desconcierto.

¿Cómo era posible que ese genocida se mostrase tan insensible ante los crímenes y las torturas, ante el sufrimiento y el padecimiento de millones de seres humanos? ¿Era un enfermo mental, un psicópata? ¿O simplemente los miembros de la población judía se habían convertido, para él y para tantos otros nazis, en «un número más de una estadística», que había que exterminar a toda costa?

El «hombre de la cabina de cristal» —habitáculo en el que estuvo encerrado durante el juicio en Jerusalén— observaba y oía las narraciones de los supervivientes de los campos de exterminio o los testimonios de sus familiares, con la mirada perdida, extraviada, pero de ningún modo serena. Era como si aquellos espeluznantes relatos se refiriesen a un asesino ajeno, desconocido por completo para él. Se mantenía distante, indiferente, incluso aburrido, repitiendo una y otra vez: «Soy soldado, me limité a cumplir órdenes. No soy culpable de lo que me imputan».

—Pero usted firmó cada una de estas actas, ordenando así que fueran condenados a muerte miles y miles de judíos —replicó un juez.

—Sí, pero recibí indicaciones expresas de hacerlo por parte de Himmler y Heydrich, mis superiores —respondió Eichmann.

Arendt se dio cuenta de que era un hombre patéticamente cómico; en cierto modo, podría tratarse de un tonto. Pero no, había algo más profundo… Hasta que concluyó que Eichmann era incapaz de pensar.

Pero ¿qué le llevó a dejar de pensar? La respuesta de Arendt la encontramos en la correspondencia que intercambió con el filósofo alemán Karl Jaspers. En ella aludía a la tremenda posibilidad de que el mal fuera un «fenómeno superficial», y esta consideración la llevó a subtitular su libro La banalidad del mal. O, más exactamente, Un relato sobre la banalidad del mal.

Durante el tiempo del juicio en Jerusalén, Hannah Arendt estaba demasiado impactada para poder trazar un cuadro coherente de sus impresiones sobre el acusado. A medida que el juicio se alargaba, se fue deprimiendo y descorazonando, al comprobar que «todo este asunto era stinknormal, indescriptiblemente normal, sin valor». Y es que sus brillantes reflexiones resultaban un desafío para los tiempos de la posguerra. La filósofa mostró lo más peculiar de Eichmann: su mentalidad burocrática, que le hizo afirmar, con jactanciosa pretensión, que «el lenguaje administrativo es mi único lenguaje». A partir de este hecho, Arendt le juzgó incapaz de distinguir el bien del mal, por actuar tan solo a causa de una «obediencia burocrática cadavérica». Daba así a entender que este «asesino burocrático» no incurría en el mal de modo monstruoso, sino que, sencillamente, era alguien incapaz de distinguir el bien del mal.

La afirmación de Eichmann de que él «no se consideraba un hombre con intenciones perversas, sino alguien que había cumplido su deber a conciencia», se convirtió en un reto enorme para Arendt.

Entendió que los jueces no querían afrontar lo que estas palabras realmente encerraban. El tribunal no podía aceptar que alguien normal, ni débil mental, ni ignorante, ni cínico, pudiera ser incapaz de distinguir el bien del mal. Prefirieron deducir, de las mentiras ocasionales de Eichmann, que era un embustero. Así evitaban el desafío moral y jurídico más apabullante del caso.

En las conferencias en las que abordó el tema del mal ─posteriormente tituladas Sobre el mal—, Hannah Arendt quería dar contestación a la pregunta que permanentemente la asediaba: ¿cómo es posible que haya ocurrido todo esto? Con el nazismo se había descoyuntado la moral y mucha gente se guiaba solo por costumbres, manías y convenciones, pero no solo los criminales, sino también, en gran parte, la gente normal. Arendt argumentaba que nadie quiere ser malo, y que si alguien hubiese actuado con maldad habría caído en el «absurdo moral» de estar en contradicción consigo mismo. Y, por tanto, debería detestarse. Sin embargo, es obvio que este aborrecimiento de sí mismo no es suficiente, por sí solo, para garantizar la legislación de un pueblo. ¿Y por qué no es suficiente? Porque el ser humano puede engañarse a sí mismo, y en esto consiste precisamente el punto verdaderamente débil de la naturaleza humana. Al perder su coherencia, pierde también su paz interior, aunque hacia fuera dé la impresión de ser una persona intrínsecamente serena.

Así lo vio también Dostoievski, por citar tan solo a un gran escritor que conseguía entrar en las profundidades de la naturaleza humana. En Los hermanos Karamazov, el mayor de ellos, Dimitri, pregunta al monje sabio: «¿Que tengo que hacer para ser redimido?». El monje contesta: «Antes que nada, no te engañes a ti mismo». Dostoievski reconoce la más completa y extrema forma del mal en la disolución de la personalidad a través del autoengaño, porque su acción es fundamentalmente disolvente y disgregadora. Una personalidad en la cual se insinúe y prevalezca la presencia del mal, tiende a disolverse.

Para poder describir el mal hay que saber cómo evitarlo. Y para ello Arendt considera la moral de Kant como del todo insuficiente, al no separar nítidamente la legalidad de la moralidad. Eichmann se habría comportado de acuerdo al «imperativo categórico adaptado al uso doméstico de gente sencilla». En esa aplicación «de modo doméstico» la propia voluntad no se diferencia de la ley. Al contrario, se identifica con ella.

De este modo, Arendt llega a la conclusión de que la filosofía de Kant no sólo no es una ayuda para entender a los asesinos nazis, sino más bien una excusa para esconderse detrás de la legalidad y negar sus propias acciones y, sobre todo, sus consecuencias nefastas. De este modo, sería muy fácil desentenderse automáticamente de la responsabilidad personal, y esto es precisamente lo que le llevó a la filósofa a repetir en numerosas entrevistas su mantra favorito:

Stop and think! (¡párate y piensa!). Reflexionar nos obliga a empaparnos de la serenidad necesaria para apreciar la vida en su totalidad.

Nos ayuda también a mantener un estado de ánimo apacible y sosegado aún en las circunstancias más adversas, esto es, sin exaltarnos o deprimirnos, encontrando soluciones mediante una reflexión detenida y cuidadosa, sin agrandar o minimizar los problemas y, sobre todo, sin huir de la responsabilidad de afrontarlos. En sus discursos, Hannah Arendt se apoya con frecuencia en las reflexiones de Sócrates, citando, sobre todo, el diálogo Gorgias o de la retórica: «Se ha repetido la frase, pero la diré otra vez sin detrimento. Que quien comete injusticia es peor que quien la padece». Arendt comenta esta frase del siguiente modo: «Si cometo injusticia estoy condenada a vivir en una intimidad insoportable con un cometedor de injusticias, y no podré separarme ya jamás de él».

Para entender con más precisión esta afirmación, hemos de tener en cuenta que, cuando una persona miente sistemáticamente, su personalidad se disocia, se aliena y se duplica.

Su percepción de la realidad está alterada. En pocas palabras: por vivir con un extraño irritante bajo el mismo tejado, pierde la serenidad y vive en discordia consigo mismo. Friedrich Nietzsche ha expresado este estado psicológico con gran precisión: «Esto he hecho, dice mi memoria. Esto no puedo haberlo hecho, dice mi orgullo, y permanece inconmovible. Finalmente, es la memoria la que cede».

Recurrimos de nuevo a Dostoievski quien, con una psicología profunda y cabal, lo describe en El doble, una novela de juventud que fue un fracaso al salir a la luz, pero luego fue muy valorada. Aquí el protagonista, Yakov Goliadkin, no se reconoce o, mejor dicho, no quiere reconocerse en su propio doble, depravado y deshonesto, y, en consecuencia, trata de verlo como un simple fantasma, como algo que en realidad no existe. Juzga que el verdadero «sí mismo» es su lado recto y honesto, mientras el doble, roñoso y mezquino, es irreal y fantástico. Sin embargo, esta tentativa de reconocer solo lo mejor de sí no da el resultado esperado, porque el alter ego acompaña al ego, de modo que la convivencia entre ambos es inaguantable. Entre ellos existe una verdadera y constitutiva separación.

Siguiendo a Arendt en sus reflexiones acerca de la frase de Sócrates en el Gorgias, vemos que coincide con el filósofo ateniense en pensar que el que comete injusticia vive en contradicción consigo mismo y, por ese motivo, todos deberíamos evitar a toda costa hacer el mal porque nos privaría de la tan necesaria serenidad.