Finalmente, después de los dos artículos anteriores, hoy vamos a ver la conciencia bajo un foco más teológico, para poder insistir desde otro ángulo en la importancia de actuar movidos por la verdad y de tener verdadera pasión por la verdad.

Para ello quiero apoyarme de modo especial en los pensamientos de John Henry Newman conocido como “el doctor de la conciencia” y así mismo en los comentarios brillantes de Joseph Ratzinger sobre este autor.

Al hablar de Newman y la conciencia pronto nos acordaremos de una famosa carta suya escrita al Duque de Norfolk, Gladstone y, que dice así: “Si me viese obligado a hablar de religión en un brindis de sobremesa, beberé “por el Papa”, con mucho gusto. Pero primero por la conciencia, después por el Papa”. Hay mucha gente que no acaba de entender esta frase porque ve la conciencia como algo subjetivo libre de toda autoridad y por lo tanto de todo vínculo a la verdad. Pero para Newman la conciencia ocupa un puesto central en su pensamiento por su pasión por la verdad. Para él la conciencia supone la presencia de la resonancia de la verdad dentro del sujeto, el encuentro entre la interioridad del hombre y la verdad que viene de Dios.

El sentido del bien se nos ha impreso en nuestro interior

Resulta ilustrativo el verso que Newman compuso en Sicilia en el año 1833. “Yo amaba escoger y entender mi camino. Ahora, en cambio, te ruego. ¡Señor, guíame Tú”! Las sucesivas conversiones de Newman muestran que él siempre fue el mismo, así lo expresa Joseph Ratzinger: “Newman ha sido, a lo largo de toda su vida, alguien que se ha convertido, alguien que se ha transformado, y de este modo ha seguido siendo siempre él mismo y ha llegado a ser cada vez más él mismo… La conversión es un camino que dura toda la vida. Por eso, la fe es siempre desarrollo y, precisamente de este modo, maduración del alma hacia la Verdad, que es más íntima a nosotros que nosotros mismos”.

Esta última frase la toma Newman de San Agustín quien también afirmaba que el sentido del bien se nos ha impreso. Es decir, no se nos impone desde fuera, sino desde dentro. Y de este modo entendemos mejor el brindis de Newman, primero por la conciencia y sólo después por el Papa. Con esto estamos diciendo también que lo que no provenga del sujeto no podrá ser más que una determinación impuesta desde fuera.

La conciencia bien formada nos lleva a la pasión por la verdad

 Y nos permite vivir de ese modo en tensión entre nuestra propia finitud e imperfección, por una parte, y el deseo de lo infinito, absoluto y perfecto, por otra. Quizás nos acordemos de momentos especialmente sublimes de nuestra vida en los que teníamos la sensación de estar tocando el cielo. La conciencia que nos ayuda a tener sueños que pueden hacerse realidad, las personas que, sin decirlo, nos están pidiendo que las llevemos a la verdadera grandeza de ánimo, las metas que nos guían, las verdades que nos inspiran, los bienes arduos, difíciles, pero apasionantes, que nos hemos propuesto conseguir.

Una buena conciencia es indispensable para una conducta humana llena de belleza. Como diría Platón lo bello es lo armónico, lo gobernable, cuyas partes están ordenadas en el conjunto. Y para alcanzar lo que Aristóteles llama la vida eudaimónica, la vida lograda, hemos de educar los sentimientos y actuar de acuerdo con la sabiduría del “conócete a ti mismo”, lo cual requiere capacidad de crítica hacia nosotros mismos, exigirnos para poder vernos tal como somos, sin doblez ni engaño.