El ser humano está dotado de un «sistema motivacional» en el cerebro que produce sustancias del bienestar o de la felicidad, siempre y cuando en las relaciones del sujeto haya reconocimiento, confianza, y amor de por medio. No obstante, esta capacidad del ser humano de fundar y establecer relaciones satisfactorias es diferente según las personas.

Nadie está solo

Nadie crece solo y nadie, en realidad, está solo, aunque algunas vidas de hecho se desarrollen así. La desestructuración familiar y, como consecuencia, el abandono en el que viven muchos niños es una realidad innegable. No faltan personas que han crecido en entornos hostiles y quedaron dañadas por la carencia de amor. Aquellas personas que, sobre todo durante la niñez, hayan tenido pocas experiencias positivas que les hayan conducido a aumentar y afianzar la confianza, a las que en vez de confianza se les hayan transmitido sensaciones de estrés, de poca fiabilidad o incluso de situaciones imprevisibles y chocantes, difíciles de entender, aprenderán precozmente a desconfiar de los demás. De este modo se desarrollará lo que los psicólogos denominan un «estilo de vinculación ambivalente», lo que supone una indefinición a la hora de relacionarse con los demás, dependiendo de la atracción o rechazo momentáneos que tengan hacia las diferentes personas, que pueden ser incluso la madre o el padre. 

Otra posibilidad de reaccionar sería la de confiar en sus propias fuerzas para evitar depender de los demás. Maltratos y heridas causadas durante la niñez dificultarán la vinculación de los niños con otras personas. Al hacerse mayores, en el día a día, sentirán más pronto el rechazo o el desprecio. Estas personas corren el peligro de alcanzar más rápidamente la luz roja del dolor y, por consiguiente, también se disparará en ellas con más facilidad la reacción agresiva.

Lo genuino es la confianza, no la desconfianza

No nacemos siendo desconfiados, nos hacemos desconfiados dependiendo de las experiencias que hayamos tenido. Los psicólogos hablan de una «confianza originaria» del hombre, sin la cual no es posible una vida sana, y que tiene su fundamento en la confianza del niño pequeño en su madre (René Spitz). Si en torno al recién nacido no aletea la confianza y, con ella, la serenidad, si lo que domina es la ansiedad, el miedo o el desamor, el niño no logrará desarrollarse correcta y armónicamente. 

El niño no decide confiar en su madre; es al revés, primero está con su madre y paulatinamente llega a ser él mismo. Toda la confianza posterior, todo abandonarse en otros, es la repetición de lo que pasaba al principio. Y si no existía, la consecuencia es a menudo una debilidad del yo; la incapacidad de abandonarse es a su vez expresión de esta debilidad del yo. Solo un yo fuerte puede abandonarse sin miedo a perderse. Lo que podemos aprender, por tanto, no es la confianza, sino la desconfianza. Pero también es cierto que, siendo la confianza originaria y extremadamente valiosa, es muy delicada: se destruye en un instante cuando alguien la traiciona.

Confiar en los demás

Si queremos vivir bien, debemos renunciar al deseo de ser enteramente dueños de la situación y confiar en los demás. Necesitamos apoyarnos en los demás. Donde hay confianza hay serenidad y es más fácil cooperar, construir, emprender. La confianza en los demás nos enriquece y aumenta nuestro bienestar. La expresión «abandonarse en alguien» se corresponde con la alemana sich auf jemanden verlassen, que literalmente significa «confiar en alguien». Abandonarse supone, efectivamente, lo contrario a quedarse consigo mismo; es desprenderse del adorado yo.

Somos criaturas enlazadas y dependientes de otras, seamos o no conscientes de ello. Lo ideal sería que ni siquiera llegáramos a ser conscientes de los vínculos, para sentir su fuerza como algo natural. No es necesario entender el vínculo, ni siquiera saber que existe, para beneficiarnos de su influencia y potencial; del mismo modo que no se requiere entender de informática para usar el ordenador, ni es preciso saber de motores para conducir un coche. Solo cuando las cosas dejan de funcionar se requiere ese conocimiento. 

Somos seres dialogantes

El gran sabio judío Martin Buber afirmaba que el hombre no es un simple y aislado existente, sino un «ser dialogante», y añadía: «Yo me hago gracias al tú» (Ich werde am Du). Decir sitúa al otro en el espacio creador de la libertad, de su posibilidad de expansión, de su autorrealización. Las relaciones humanas que se reducen a lo exclusivamente técnico-profesional anulan la libertad y la vitalidad del auténtico. «El ello es el sujeto de la técnica», afirmaba ya hace muchos años Gabriel Marcel. La confianza no deja de ser un ingrediente básico para que se formen buenos vínculos y buenas amistades que nos ayudan a crecer.