Creo que todos estamos felices de que se haya acabado el confinamiento, esos meses en los que parecía que el mundo se había parado. Pero creo que no me equivoco si afirmo que ese encierro nos ha proporcionado a todos la oportunidad de reflexionar, y de mirarnos hacia dentro. Cuando cesa el movimiento y el ruido exterior, nos es más fácil escuchar esa voz interior, que todos reconocemos como Conciencia, pero a la que habitualmente no le prestamos la atención que deberíamos…

Conciencia significa “saber con”. La conciencia es un juicio que hacemos al aplicar nuestro conocimiento ético a una acción moral o a una acción que podemos gobernar y realizar libremente, sin ser coaccionado para ello. La conciencia emite por lo tanto un juicio diciéndonos si esa acción moral es buena o mala, pero sabiendo también que ese juicio puede estar equivocado. 

Los motivos, por lo tanto, por los que podemos tener mala conciencia son muy variados, sin embargo, la responsabilidad de esa actuación siempre recae sobre el individuo que actúa. Además, todos sabemos que uno de los mayores atentados contra nuestra dignidad consiste en no seguir la voz de nuestra conciencia, lo cual fácilmente conduciría a un estado que llamamos remordimiento de conciencia.

¿Qué significa seguir la propia conciencia?

Ahora bien, seguir la propia conciencia no significa hacer lo que a uno le parezca bien, sino aquello de lo que estoy seguro de que es lo bueno que puedo hacer aquí y ahora bajo una situación determinada.

Todos estamos familiarizados con nuestra conciencia. Decimos que la conciencia solo se puede conocer desde el interior y por eso nos referimos a ella diciendo: “mi conciencia”. Es una afirmación que se hace desde la perspectiva interna y siempre en primera persona. 

Yo tengo mi conciencia y usted tiene la suya. Yo tengo mi voz interior y usted tiene la suya. Pero ya en este preciso momento surgen numerosas preguntas que podríamos aglutinar en dos. ¿Debemos hacer siempre lo que la conciencia nos dice? ¿Hemos de respetar siempre la conciencia de los demás? 

¿Debemos hacer siempre lo que la conciencia nos dice?

Seguir la propia conciencia no significa tan solo hacer lo que a uno le parezca bueno, sino aquello de lo que uno tiene el pleno convencimiento, o conciencia plena de que es verdaderamente bueno. Ciertamente nos podemos equivocar (es lo que conocemos como error de conciencia) pero no obstante seguimos su voz. Y la seguimos precisamente porque estamos seguros de que esa voz nos está diciendo la verdad. La tarea fundamental por tanto de la conciencia consiste en emitir un juicio, pero un juicio que nos obliga bajo la luz de mi conciencia.

La conciencia debe estar vinculada a la Verdad

Podemos preguntarnos ahora ¿qué ocurre si pienso que la conciencia no está necesariamente vinculada a la verdad y que su juicio tan solo versa sobre aquello que es bueno para mí? entonces le faltaría la autoridad para obligar. Este razonamiento tan simple es lo que durante mucho tiempo se ha convenido en denominar “conciencia autónoma”, que básicamente significa poder tomar decisiones por uno mismo y para mi conveniencia, sin la ayuda de otras personas. 

Etimológicamente viene de autos = a uno mismo, y nomos = ley, la capacidad de autolegislarse. De hecho, muchos piensan que en esto consiste la verdadera “libertad de conciencia”, es decir, una autonomía de la conciencia sin ningún tipo de vinculación a la verdad. 

La verdad no se identifica con las buenas intenciones

Ciertamente las buenas intenciones no son suficientes para actuar de acuerdo con la verdad. Friedrich Nietzsche decía respecto de la falacia de las buenas intenciones, que “el camino del infierno está asfaltado de buenas intenciones”. Por eso Aristóteles insiste tanto en la importancia de la areté, es decir la excelencia virtuosa que consiste sobre todo en la perfección del comportamiento ético.

No basta por lo tanto la buena intención que tantas veces incluye el juicio aparentemente bueno. Es necesario formarse o como diría el gran filósofo Robert Spaemann: “No hay conciencia sin disposición a formarla e informarla”.

La Conciencia descubre la Verdad, no la crea

Con lo dicho hasta el momento estamos afirmando también, que no es competencia de la conciencia crear la verdad acerca de aquello que es bueno para el individuo y para sí mismo. Su tarea es más bien la de descubrirlo. Pero no se trata por lo tanto de construir a su antojo ese bien, sino de descubrirlo y esto a veces es una tarea nada fácil. Todos hemos experimentado que la tendencia a autoengañarnos es grande. Así nos pueden ayudar aquellas palabras que podemos leer en la gran obra de Dostoievski, Los hermanos Karamazov. El hermano mayor llamado Dimitri pregunta al monje sabio: ¿Qué tengo que hacer para ser redimido? El monje contesta: “Antes que nada, no te engañes a ti mismo”.

Lo que nos está sugiriendo Dostoievski con este mensaje, lleno de sabiduría, es que el hombre detrás de la máscara, de una vida llena de doblez y engaño, podrá huir de la realidad de la vida, pero de ese modo no podrá ser feliz. No olvidemos que únicamente estaremos en condiciones de llevar una vida lograda -llena de serenidad sublime y de paz interior-, si tenemos en cuenta la realidad de las cosas. Dicho con otras palabras: llevaremos una vida lograda si conseguimos vivir en armonía con nosotros mismos, con nuestra conciencia, sin tener que sufrir bajo los dolorosos remordimientos de conciencia.