Todos nosotros hemos querido retener momentos sublimes de nuestra vida en los que teníamos la sensación de estar tocando el cielo. Momentos de epifanía en los que se suspende el curso de la historia. «Párate, permanece para siempre, momento bello». Así se expresa Fausto en la tragedia de Goethe. «Quédate para siempre, momento lleno de encanto».

Sin embargo, la realidad se opone a nuestra pretensión de mantener las cosas tal y como aparecen en esos momentos felices. En nuestra vida todo cambia, se mueve. Según nuestra percepción, a veces lo hace a «paso de tortuga» y, en ocasiones, con el ímpetu trágico de un huracán o un tsunami.

El filósofo griego Heráclito de Éfeso acuñó hace varios milenios la expresión «todo fluye, nada permanece» (panta rei kai oudén ménei). Con ello quería decir que nadie puede entrar dos veces en el mismo río, porque el río siempre cambia, ya que las aguas están en continuo movimiento. Aquel que entró una vez en el río tampoco puede evitar su propio cambio, y, por lo tanto, no será el mismo cuando salga del agua. Dicho de otro modo: nada volverá a ser como antes. Esto podemos afirmarlo incluso después de asistir a una conferencia, a una obra de teatro o a un concierto, o tras un paseo por la montaña o por un bosque. Nuestro cerebro habrá cambiado, las sinapsis neuronales (enlaces entre las neuronas) se habrán redistribuido o incluso aumentado en número. En todo caso, nuestro cerebro habrá cambiado, su estructura orgánica ya no es la misma de antes.

Conseguir que nuestra vida sea lograda depende en gran parte de que sepamos movernos en sintonía con el fluir de nuestro tiempo.

No es fácil, porque nos resistimos a cambiar cuando, de hecho, todo está cambiando. Somos hijos de nuestro tiempo y nos cuesta adaptarnos a las nuevas situaciones de la vida. Nos gusta la estabilidad y el bienestar, nos atraen las situaciones de confort y de previsibilidad. Las buenas relaciones con las personas con las que convivimos y con las que trabajamos pueden considerarse como situaciones logradas que nos proporcionan un sentimiento de bienestar, y que con frecuencia deseamos que se eternicen. Sin embargo, lo único cierto en la vida es el cambio, sea para bien o para mal.

Uno de los grandes retos de nuestro tiempo, sobre todo para gente más entrada en años, consiste en la capacidad de adaptarse a los cambios: al cambio del lenguaje, a los cambios de lugar de residencia, a los cambios de nuestros modos de pensar, de amigos, de planes diferentes, etc.

Pero el cerebro goza de una gran plasticidad, es maleable y moldeable, incluso a avanzada edad. El término “neuroplasticidad” significa que el cerebro goza de una gran capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias.

No obstante, el problema que suele surgir es la contradicción entre lo que es bueno y recomendable para el cerebro de una persona y lo que le apetece realmente hacer. Nos gusta hacer las cosas como siempre las hemos hecho, de acuerdo a las costumbres de siempre, lo que a menudo lleva consigo una cierta pereza. Pero si conseguimos adaptarnos a las nuevas situaciones, superando las barreras que nos parecían infranqueables, el cerebro habrá reaccionado, por lo general, positivamente ante la nueva situación. Es entonces cuando se produce una reorganización de los patrones y redes neuronales, y la persona recupera la serenidad.