Uno de los misterios más desconcertantes de la psicología humana es que el solo hecho de tener ideales de vida excelente no basta para vivirlos. Cuántas empresas proclaman a viva voz ser empresas con vocación de servicio a sus clientes y, sin embargo, en muchos casos, ese servicio no es más que una estrategia comercial, que nada tiene que ver con una misión o con una vocación. Y es que no basta sólo con proponerse altos ideales, aunque lo hagamos con mucha convicción. 

Todos corremos el riesgo de traicionar poco o mucho nuestros principios e ideales. De ahí la importancia de discernir sobre nuestras elecciones y, de ese modo, poder detectar aquellas decisiones que nos apartan de nuestros grandes objetivos o ideales. Pues no es lo mismo prestar un servicio auténtico que me permita ganar dinero, que querer por encima de todo ganar dinero prestando para ello un determinado servicio.

¿Por qué traicionamos nuestros ideales?

¡Cuántas veces nos proponemos algo que luego no hacemos! Hay quien se propone con mucha fuerza dejar de fumar o llevar un régimen de comidas, o dedicar diariamente un tiempo a aprender idiomas, o a cualquier otra actividad, y después no lo cumple y la conciencia nos lo recrimina levemente o no tan levemente.

Todos tenemos la experiencia de la disgregación, de la incoherencia, de la quiebra interna. Ésta es la experiencia de la debilidad humana. Una debilidad que no suprime la libertad, pero la distorsiona e incluso la puede deformar haciéndonos creer que inhalar una droga es una experiencia que no podríamos perdernos.

Pero todavía hay otras preguntas más inquietantes que no podemos eludir. ¿Cómo es posible que la voluntad humana se aparte intencionadamente del bien por excelencia, al que ella tiende por excelencia, al que ella tiende por naturaleza?, ¿Cómo es posible que la persona que quiere algo bueno abuse de su libertad para decidirse contra el bien? 

Santo Tomás nos dice que hacer mal uso de la libertad, la acción desordenada contra la naturaleza y la razón, se deben al hecho de que somos criaturas y, por ello, seres limitados. Esto quiere decir que pecamos como consecuencia de un defecto de la libertad, y sus actos no están confirmados en el bien de la naturaleza. De este modo siempre permanece el misterio de la maldad.

El misterio de la libertad

Lo dicho nos podrá ayudar a entender la diferencia que existe entre la posibilidad de elegir a la hora de actuar, entre una virtud -por ejemplo, la templanza- o un vicio. No olvidemos que el vicio es una depravación del hombre y de su libertad. Elegir obrar mal no es un modo diferente de autorrealización, sino más bien una autodestrucción, un apartamiento del bien propio del hombre en tanto que hombre. Una persona que tiene una voluntad mala o injusta no es alguien que ve las cosas de otra manera, sino una persona que, por alejarse de la razón, cada vez ve menos. Si no toma medidas concretas su campo de visión se irá reduciendo cada vez más. Esto es fácil de comprender si pensamos en un adicto a las drogas.

Por eso hemos de ser sinceros con nosotros mismos. Conocernos a nosotros mismos requiere encontrar como un fondo de referencias internas con las que nos identifiquemos.

Para conocerse a uno mismo hay que escuchar la recta conciencia

La sinceridad de corazón, es decir, ser sinceros consigo mismo tanto en la esfera afectiva como en la cognitiva y en la volitiva, nos ayuda a obrar con coherencia. El camino contrario nos conduce a terrenos peligrosos, enfangados de mentira e incoherencia, ¡porque nos adaptamos al “qué dirán!”. Fue el filósofo alemán Martin Heidegger quien se refería a esos Holzwege, es decir, a los caminos que conducen a la perdición que, en muchos casos, comienzan a andarse cuando se prefiere, por miedo al “que dirán”, callar y dejar a los otros en su ignorancia. Este modo de actuar produce retrasos, deficiencias y trastornos en el proceso de maduración de una persona. El líder que no corrige por no caer mal, puede hacer un gran daño.

Esta actitud es, casi siempre, la máscara con la que se oculta la comodidad de aquellos que sólo van a lo suyo, a sus intereses egoístas. De este modo, se aíslan y se desentienden de toda responsabilidad ante sí mismos y ante los demás. Tratan de echar a otros la culpa de casi todo lo malo que les sucede, eludiendo esa responsabilidad que tienen sobre la mayoría de las cosas que les sucede en la vida. No han aprendido ese axioma central estampado en el dintel del templo de Apolo en Delfos:  “Conócete a ti mismo” que podríamos interpretar también como: “Oye la voz de tu conciencia”. Pero si no saben escuchar serán personas que no maduran, persona que permanecen como esos higos verdes, pequeños y desagradables de comer.

La Conciencia puede deformarse

Ciertamente seguir una conciencia deformada, una conciencia cuya voz no actúa, fácilmente puede conducir a delitos monstruosos. Basta pensar en el criminal nazi Adolf Eichmann, teniente coronel en tiempos de Hitler ¿Cómo era posible que ese genocida se mostrase tan insensible ante los crímenes, las torturas, los sufrimientos de millones de seres humanos? Ese hombre de la “cabina de cristal”, habitáculo en el que estuvo encerrado durante el juicio en Jerusalén, desde el cuál oía las narraciones de los supervivientes de los campos de concentración, y los testimonios de sus familiares. Pero los oía, como si esos relatos se refiriesen a un asesino ajeno, desconocido por completo para él. Eichmann se limitaba a repetir una y otra vez la frase: “Soy soldado, no hice sino cumplir órdenes. No soy culpable de lo que me imputan”. 

La gran filósofa y comunicadora Hannah Arendt que estaba participando en ese proceso judicial llegó a la conclusión de que ese hombre por haber actuado habitualmente contra su conciencia era incapaz de distinguir el bien del mal y de este modo el mal se convierte en algo banal. Con tal motivo Hannah Arendt en su libro sobre “el mal” añadió el subtítulo de la “banalidad del mal” o, más exactamente, “un relato sobre la banalidad del mal”.