Podemos definir la serenidad como la paz en la adversidad, la calma en la dificultad, lo cual no deja de ser un reto permanente. Cuando San Agustín, ya anciano, escribía: «La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden». Y lo hacía desde la experiencia de quien llevaba años entre todo tipo de tareas, retos y contradicciones de gran peso. Y en una época convulsa. Al referirse, por lo tanto, a la importancia de vivir en la tranquilidad del orden, no lo hace desde el sosiego, sino desde el fragor de una vida ajetreada. La tranquilidad en el orden fue, para este gran teólogo, una conquista cotidiana.

Alcanzar el equilibrio que conlleva orden y serenidad implica un esfuerzo constante.

Pero guardar este orden interior, que equivale a llevar una vida coherente, resulta, desde el punto de vista neurobiológico, muy favorable, porque es el estado cerebral que menos energía consume.

El neurobiólogo alemán Gerald Hüther nos dice que el modo específico de trabajar del cerebro es optimizar para «ahorrar energía». Como cualquier sistema viviente, el cerebro humano consume la menor cantidad de energía posible cuando guarda su orden interior, todo encaja bien y todas las áreas cerebrales están armónicamente engarzadas entre sí.

Cuando el pensar, sentir y actuar van al unísono y las expectativas personales no se convierten en utopías imposibles o desafíos casi inalcanzables, es entonces cuando el cerebro requiere el mínimo consumo de energía.

Esto ocurre también cuando conseguimos superar esas «representaciones limitantes» que son el origen de tantas disonancias cognitivas en las relaciones interpersonales. De ahí la importancia y el valor de saber cuestionarnos nuestras «representaciones mentales» y de no perder las ganas de mejorar y también de reflexionar.

Pero al presentarse nuevos problemas que causan desorden interior, el cerebro tiene que consumir mucha energía para poder reestablecer nuevamente la armonía, la tranquilidad. Es entonces cuando las «representaciones mentales» grabadas en nuestro cerebro bajo diferentes patrones de redes neuronales se oponen obstinadamente a cambiar y reorganizarse, para evitar un mayor consumo de energía. Pero en otros casos, y esto es lo agradable y apasionante de este proceso, la mente se abre y el cerebro incorpora los nuevos conocimientos adaptándose a las nuevas situaciones, gracias a las nuevas reestructuraciones cerebrales y a los procesos de adaptación. De este modo se restablece el orden interior. Esto ocurre constantemente durante nuestra vida.

El aprendizaje implica una reorganización cerebral permanente.

No somos conscientes de la puesta en marcha de estos procesos de acomodación y reorganización cerebrales; sin embargo, gracias a la resonancia magnética funcional para imágenes, lo que está ocurriendo en el cerebro se puede visualizar en tres dimensiones con una notable definición espacial. En esas imágenes se constata que han tenido lugar unos procesos de remodelación de las redes neuronales y de los diferentes moldes cerebrales. Así, las estructuras cerebrales vuelven a ensamblarse y acoplarse entre sí, adquiriendo una armonía dinámica, no estática. Este estado es lo que la Neurobiología denomina «coherencia».