Hemos insistido en que una de las notas de la personalidad madura es la capacidad de conjugar el despliegue de una actividad intensa con el orden y la paz interior. Alcanzar este equilibrio o coherencia implica adaptarse e integrar los nuevos conocimientos y dificultades de modo que salgamos fortalecidos y enriquecidos. La coherencia de la que venimos hablando se edifica en un flujo constante que nos permite reestablecer una y otra vez nuestro orden interior, pero siempre en consonancia con la verdad, sin engaños ni tapujos.

Resulta descorazonador el hombre que ha renunciado a la verdad, sobre todo porque ha hecho un pacto con la doblez y con la disociación de su persona.

Desde el punto de vista neurobiológico, eso supone un gasto de energía muy elevado. Es cierto que quien se aleja de la verdad en contra de su voluntad, por engaño o ignorancia, merece nuestra compasión. ¿Qué decir, en cambio, de quien se abraza voluntariamente a la mentira, a sabiendas de que lo es?

Quizás la palabra que mejor define lo contrapuesto a la coherencia sea «farsa», que es aquello que pretende aparentar ser real.

En la realidad distinguimos dos planos: uno externo, aparente, manifestativo; otro, interno, sustancial, que en aquel se manifiesta. Aquella realidad tiene la misión ineludible de ser expresión adecuada de esta; si no, es una farsa. Esta realidad interna tiene, a su vez, la misión de manifestarse, exteriorizarse en aquella; si no, es también farsa. Una persona que defiende unas opiniones que en el fondo le traen sin cuidado, es un farsante, del mismo modo que quien está convencido de esas opiniones, pero no las defiende con denuedo, es otro farsante.

La verdad de esa persona estriba en la correspondencia fiel entre el gesto y el espíritu, en la adecuación entre lo externo y lo íntimo.

Para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad. Decía Ortega que «la vida, sin verdad, no es vivible, y que la verdad es la única necesidad incondicional del hombre».