Un ejemplo de vínculos familiares deformados

Los padres de Isabel, una chica de catorce años, estaban confundidos y angustiados. Por razones que no lograban entender, el comportamiento de su hija había ido cambiando durante el último año. Se había vuelto contestona, cerrada y a veces hostil. Cuando se encontraba con ellos era reservada; sin embargo, con sus amigos siempre se mostraba encantadora y simpática. Era obsesiva respecto a su privacidad e insistía en que sus padres no tenían por qué meterse en su vida. A estos les resultaba difícil hablar con ella porque los hacía sentir como entrometidos. Su hija, que con anterioridad había sido cordial, parecía no estar ya a gusto en su compañía. Isabel ya no disfrutaba de los vínculos familiares, aunque comían todos juntos, a la primera oportunidad, se levantaba de la mesa y se marchaba. Era imposible mantener una conversación con ella. Las únicas veces que su madre lograba compartir alguna actividad común eran cuando le proponía irse de compras.

La chica, a la que hasta ahora pensaban conocer bien, se había trasformado en un gran misterio.

El padre de Isabel pensaba que esa actitud inquietante se debía únicamente a un problema de conducta, y creía que había fallado al aplicar algunas reglas corrientes. Con tal motivo, así discurría, bastaría con imponerle alguna medida disciplinar tal como la de no darle dinero o prohibir salidas, y con eso se volvería a la rutina normal. Pero estaba equivocado porque estas medidas habían empeorado la situación. Por otro lado, la madre sentía que su hija la explotaba e, incluso, abusaba de ella. No lograba entender el comportamiento de Isabel. ¿Era una rebelión normal en una adolescente? ¿Era todo cuestión de hormonas? ¿Tenían que preocuparse? ¿Cómo debían reaccionar para restablecer los vínculos familiares?

Extrapolación del caso al mundo de los adultos

La causa de la conducta desconcertante de Isabel es más fácil de entender si extrapolamos el caso al mundo de los adultos. Imagina que tu cónyuge, de repente, comience a actuar de modo semejante: no te mira a los ojos, rechaza tu contacto físico, te habla con monosílabos y de mala gana, evita relaciones interpersonales y tu compañía. Imagina a continuación que buscas asesoramiento con un amigo o una amiga que te dice: «¿Has probado concederte un tiempo de reflexión sobre el asunto? ¿Has puesto límites y has dejado claras tus expectativas?». A todo el mundo le resultaría obvio que, en el caso de los adultos, no se trata de un problema de conducta, sino de relaciones. Y probablemente la primera sospecha que saldría a relucir es que tu marido o tu mujer tiene una aventura extra-marital.

Lo que nos parece tan claro entre adultos nos desconcierta cuando ocurre entre padres e hijos. A Isabel lo único que le importaba eran sus amigos, estar en contacto con ellos. Y con esta actitud competía con el vínculo familiar. Era como si tuviera una aventura amorosa. El cerebro de vinculación de los seres inmaduros no puede tolerar dos influencias orientadoras de igual fuerza, dos tipos de mensajes disonantes entre sí. Del mismo modo, cuando los ojos de un niño divergen tanto que tiene visión doble, el cerebro automáticamente suprime la información visual de uno de los ojos. El ojo ignorado se volverá vago.

Cuando las energías de un niño se vuelcan en una relación que compite con el vínculo con sus padres, los efectos en su personalidad y conducta son dramáticos.

El fuerte tirón de la gravedad proveniente de las relaciones con los compañeros fue lo que estaban presenciando los padres de Isabel.

En el caso del matrimonio, cuando un vínculo ─el que sea─ interfiere o amenaza la cercanía y relación de los cónyuges, se suele experimentar como un engaño en el sentido emocional de esa palabra. El hombre que evita a su mujer y obsesivamente pasa su tiempo con internet, suscitará en ella emociones de abandono y de celos. Con frecuencia, las relaciones entre adultos compiten con los vínculos de los niños por los adultos. Con toda ingenuidad, pero con efectos devastadores, los niños están involucrados en «aventuras» entre ellos.

Dependemos en gran manera de los vínculos que inicialmente, cuando éramos niños, se imprimieron en nuestro cerebro, principalmente los vínculos familiares. Eso es algo natural, algo así como la fuerza de gravedad que mantiene nuestros pies sobre el suelo. No es preciso entender el vínculo, ni siquiera saber que existe para beneficiarnos de un gran potencial, del mismo modo que no es necesario saber informática para poder usar ordenadores o ser un experto en motores para poder conducir un coche. Solo cuando las cosas dejan de funcionar se requiere ese conocimiento. Pero no basta con entender los vínculos desde fuera, sino que hay que conocerlos desde dentro. Dicho de otro modo, no solo debemos conocer los vínculos, sino que los hemos de experimentar en nuestro propio ser.